Escrito por Alan Woods
Sábado 19 de Noviembre de 2016
El miércoles 9 de noviembre, el
"mundo libre" se despertó y encontró que tenía un nuevo líder. Donald
J. Trump había sido elegido presidente número 45 de los Estados Unidos de
América. Una fuerte conmoción se extendió inmediatamente por todo el mundo con
esta noticia, que contradecía las confiadas expectativas de los sondeos
previos.
El Establishment y sus partidos fueron sacudidos
hasta la médula. Hillary Clinton, la candidata preferida del Establishment de
los EEUU e internacionalmente, había dicho que si Trump era elegido presidente,
"yo ya no reconocería a este país". Pero Hillary Clinton, y el resto
de su clase nunca reconoció la situación real que existe en los Estados Unidos,
y que en realidad existe en todos los demás países del mundo.
La elección de Trump es descrita comúnmente como
un terremoto político. La analogía es precisa. Debajo de la superficie de la sociedad,
hay un descontento en plena ebullición, de ira, rabia y frustración. Del mismo
modo que bajo la superficie de la Tierra hay fuerzas inimaginables que tratan
de encontrar una salida, así en la sociedad estas fuerzas están buscando una
expresión, que no encuentran en los partidos y líderes existentes.
Este fenómeno no se limita a los Estados Unidos.
Ya hemos visto esto en el resultado del referéndum británico sobre la UE. Sin
embargo, esta elección es mil veces más importante que el Brexit. Lo que estamos
presenciando no es ni más ni menos que un punto de inflexión en la historia
mundial. The Economist lo comparó con la caída del muro de Berlín, comentando:
"La historia ha vuelto –con una venganza".
Actitud de la clase dominante
La clase dominante ve a Trump como una amenaza,
en parte porque es un elemento disidente y difícil de controlar, pero sobre
todo porque sus apelaciones demagógicas a la clase obrera y sus denuncias del
Establishment de Washington crearon ilusiones peligrosas y despertaron a millones
de personas sobre la base de la oposición al status quo. Es por ello que el
Establishment utilizó todos los medios posibles para bloquear su camino hacia
la Casa Blanca. Tiraron de todo contra él, pero fracasaron.
Con retraso, los estrategas de la clase
dominante están despertando a las realidades de la vida. Esta fue una protesta
contra la desigualdad, que ha alcanzado niveles sin precedentes; contra el
desempleo y la inseguridad en el trabajo; contra el gobierno de una élite
corrupta de individuos súper ricos que dirigían Washington como un negocio
familiar; contra las dinastías políticas de Bush y Clinton que manejaban el
poder político de la misma forma que dejaban una herencia en el testamento y lo
trataban como si fuera su propiedad personal. Por encima de todo, fue una
protesta de la gente que sentía que nadie les estaba escuchando ni se
preocupaba de su destino.
Una observación similar fue hecha por el
Financial Times, el órgano más representativo de la clase dominante británica,
en un artículo con el título "La victoria de Donald Trump es un mandato
para hacer estallar Washington":
"Llevará un tiempo asimilar las grandes
implicaciones de la elección del Sr. Trump. Todos los encuestadores del planeta
leyeron mal a la opinión pública de Estados Unidos. Al elegir a un hombre que
los votantes sabían que era irrespetuoso con las sutilezas constitucionales
norteamericanas, EEUU ha enviado el equivalente electoral de un atacante
suicida a Washington. El mandato de Trump es hacer estallar el sistema. Su
previsión [de Trump] de hacer de esta elecciones 'un Brexit diez veces de
grande’ era un eufemismo. El Reino Unido puede que se deslice a la deriva pero
las consecuencias de su decisión tendrán meramente un alcance local.
"Estados Unidos, por el contrario, es a la
vez el creador y el sostenedor del orden mundial de la posguerra. Trump fue muy
explícito en su promesa de alejarse de ese orden. Precisamente, cómo va a
llevar a cabo su agenda de "Estados Unidos primero" es secundario en
este punto. La opinión pública estadounidense ha enviado una señal inequívoca.
El resto del mundo actuará en consecuencia”.
Repercusiones internacionales
Donald J. Trump no parece demasiado interesado
en el resto del mundo. Pero el resto del mundo está muy interesado en él. La
elección de Trump provocó consternación, por no decir pánico en los gobiernos
de todo el globo terrestre. Normalmente un candidato victorioso en las
elecciones presidenciales de Estados Unidos podría esperar ser felicitado
inmediatamente por los líderes políticos extranjeros. Sin embargo, esta
elección fue recibida con un silencio ensordecedor, interrumpido sólo por
Marine Le Pen –quien felicitó a Trump por su victoria tres horas antes de que
el resultado fuera anunciado– seguida un poco más tarde por Vladimir Putin.
Los titulares de la prensa en Alemania estaban
llenos de tristeza y de fatalidad. Un diario proclamó en términos
apocalípticos: "la autodestrucción de Occidente continúa". El
Ministerio de Asuntos Exteriores alemán dijo sin rodeos que este no era el
resultado deseado, ni del gobierno ni del pueblo de Alemania. Lamentablemente,
sin embargo, no es el pueblo de Alemania, sino el pueblo de los Estados Unidos
el que decide quién se sienta en la Oficina Oval. Angela Merkel se vio obligada
a realizar un discurso de felicitación, que se caracterizó por su tono frío y
formal.
En completo contraste, la reacción de Moscú fue
de alegría no disimulada. Los diputados de la Duma aplaudieron fuertemente la
noticia y Vladimir Putin no perdió tiempo en enviar sus felicitaciones
personales al Sr. Trump. La razón no es ningún secreto. En general, la política
exterior no estará entre las prioridades clave de Trump. El único área en el
que se ha expresado con claridad extrema es que él quiere establecer mejores relaciones
con Rusia.
Putin expresó su deseo de que el nuevo inquilino
de la Casa Blanca tomará medidas para mejorar las relaciones
ruso-estadounidenses, mientras que, naturalmente, se salvaguarden los intereses
de ambas naciones –es decir, de los banqueros y los capitalistas de ambas
naciones. Si el deseo expresado de Trump por mejores relaciones con Rusia se
materializa en realidad es una cuestión de especulación, ya que los intereses
de las "dos naciones" son bastante antagónicos.
En cualquier caso, el hombre del Kremlin, sin
duda, se aprovechará de la presente agitación y confusión política en
Washington durante los próximos meses para tomar ventaja en el escenario mundial, comenzando con una ofensiva
total en Siria. Obama se queja de ello, pero no hace nada. Trump no ha dicho
nada hasta ahora.
Estados Unidos, Rusia y Siria
Trump se ha comprometido con intensificar la
lucha contra el Estado Islámico en Siria. Pero eso significa una mayor
coordinación entre los EEUU y Rusia, que ahora es la fuerza dominante en ese
país. Esas personas, incluyendo algunos "izquierdistas", que
constantemente lloran con que "hay que hacer algo," están haciendo un
llamamiento para que se decrete una zona de exclusión aérea en Siria "por
razones humanitarias". Pero esto no es posible sin un compromiso militar
serio sobre el terreno, que sólo los EEUU están en condiciones de proporcionar.
Exigir que los imperialistas intervengan para
resolver los problemas del pueblo de Siria no es simplemente estúpido, sino
criminal ¿Han olvidado estas personas que el caos actual en Oriente Medio fue
causado por la invasión criminal de Irak por el imperialismo estadounidense y
sus aliados? ¿Han olvidado ya los desastres que fueron causados por las
intervenciones imperialistas en Afganistán y Libia? ¿Y no son conscientes de
que los mismos imperialistas que están llamando a "salvar Alepo"
están colaborando activamente con sus aliados de Arabia Saudita en el bombardeo
de escuelas y hospitales en Yemen, matando a civiles y utilizando deliberadamente
la muerte por hambre como arma de guerra?
Pero dejemos esta locura a un lado. El quid de
la cuestión es que las opciones de Estados Unidos en Siria son extremadamente
limitadas. Sólo hay dos posibilidades. La primera es una intervención militar a
gran escala –con botas sobre el terreno– para tratar de revertir la situación,
y que se descarta por razones militares y políticas. La lección de Irak y
Afganistán es que es muy fácil involucrarse en una guerra en Oriente Medio,
pero muy difícil librarse de ella después. Y tras las debacles de Irak y
Afganistán, la opinión pública estadounidense está decididamente poca
entusiasmada con nuevas aventuras en el extranjero.
La segunda opción es llegar a un acuerdo con
Rusia. En realidad, esa opción ya ha sido aceptada, aunque de mala gana, por la
administración Obama. Trump se limita a decir en público lo que todas las
personas serias comprenden en privado. En Siria es Rusia quien decide ahora.
Por lo tanto, es bastante probable que Donald Trump trate de llegar a algún
tipo de acuerdo con Putin. El hombre del Kremlin propondrá un acuerdo que les
deje el control de Ucrania y garantice que la OTAN no haga nuevas intrusiones
en las antiguas repúblicas de la exUnión Soviética ni en sus antiguas esferas
de influencia, incluyendo Siria.
A cambio, los Estados Unidos podrían tener una
mano libre en sus propias esferas de influencia, incluyendo América Latina.
Esto tendría serias implicaciones para Cuba y Venezuela. Recientemente, la
atención de Washington se ha centrado en Oriente Medio y el Lejano Oriente.
Pero ahora su atención se está centrando una vez más en América Latina. Si
llevara a cabo su promesa de campaña, Trump utilizará la mayoría Republicana en
ambas cámaras del Congreso para sabotear la liberalización de las relaciones
con Cuba llevada a cabo por Obama.
Embed from Getty
Images
En Venezuela la situación se está volviendo
crítica. La oposición contrarrevolucionaria se está aprovechando de la crisis
económica, la hiperinflación, la escasez de alimentos y la inseguridad extrema
para ir a la ofensiva. Hasta el momento no han tenido éxito en voltear al
gobierno, pero las cosas parecen estar llegando a un clímax. Cuanto más tiempo
los líderes bolivarianos permanezcan vacilantes colgados en el poder, más
desesperada llegará a ser la situación. La presidencia de Trump coincidirá con
el momento en que Venezuela alcance su punto crítico.
Las medidas de emergencia adoptadas por el
gobierno venezolano no serán suficientes para evitar una cesación de pagos de
su deuda soberana, probablemente en los próximos doce meses. La amenaza de la
quiebra le dará a la oposición nuevas oportunidades para lanzar protestas
masivas que pueden terminar en un derramamiento de sangre y violencia. Toda la situación está en una
espiral descendente que sólo puede terminar en una confrontación directa entre
fuerzas antagónicas. La victoria de Trump, sin duda, dará ímpetu a las fuerzas
contrarrevolucionarias, que podrán esperar un mayor apoyo de Washington para
sus acciones agresivas.
En cualquier parte que se mire, Washington se
enfrenta a una situación turbulenta, con explosiones que están siendo
preparadas a todos los niveles. Pero por mucho que a Donald Trump le encantaría
volverle la espalda al resto del mundo y cerrar la puerta de Norteamérica con
el fin de centrarse en la solución de los problemas nacionales, las llamas que
han estallado más allá de las fronteras de Estados Unidos exigirán su atención.
Si no lo hace, esas llamas pueden amenazar con incendiar la puerta de la casa,
o incluso la propia casa.
Trump y la OTAN
La victoria de Trump ha establecido una señal de
alarma en países como Polonia y los Estados bálticos, que temen la nueva
firmeza de Rusia en la arena mundial. Trump, que ya ha expresado su
escepticismo sobre el papel de la OTAN, está exigiendo que Europa, Corea del
Sur y Japón "se paguen sus cosas", es decir, la factura de su
defensa. Eso significa obligarles a aumentar el gasto en armas, y por lo tanto
a reducir aún más el nivel de vida de la población. Esta es la política de "Estados
Unidos primero" expresada en dinero en efectivo.
Naturalmente, la respuesta ha sido de protestas
de los "aliados" de Estados Unidos. Los europeos temen que una
retirada estadounidense hacia el aislamiento debilitaría seriamente a la OTAN,
dejando la primera línea de los Estados europeos del este vulnerable ante
Rusia, aunque contrariamente a la propaganda alarmista difundida por los
polacos y los estonios, Rusia no tiene intención de tratar de llevárselos de
vuelta por la fuerza. Lo que Putin quiere es que lo dejen tranquilo para
controlar su propio patio trasero.
Los europeos se han quejado por las
acciones de Rusia en Ucrania, ignorando el papel de la interferencia occidental
inicial en provocar el desorden que hay. A Moscú le gustaría llegar a un
acuerdo con los norteamericanos y europeos para que le dejen el control de esa
región. Trump ha hecho saber que él está dispuesto a permitir que Rusia
mantenga Crimea. Eso es algo que probablemente no puede ser revertido y los
norteamericanos lo saben.
Europa se encuentra en una posición muy débil.
Sus líderes están hablando de la creación de un ejército europeo. Pero esto
está fuera de cuestión. Los intereses nacionales de cada estado son lo primero,
y sería imposible establecer un comando conjunto. El inicio de las
negociaciones del Brexit (la salida efectiva de Gran Bretaña de la UE, NdT) y
las elecciones en Alemania y Francia debilitarán aún más a Europa. Por lo
tanto, no hay posibilidad de un frente de los Estados occidentales que pueda presionar
a Moscú a hacer nada.
En consecuencia, es muy probable que una
Administración Trump terminará con las sanciones a Rusia, o por lo menos
permitirá una cierta relajación de la presión con el fin de facilitar un
acuerdo con el Kremlin. Trump torcerá brazos para poner límites a la expansión
de la OTAN en la antigua esfera soviética. Y los ucranianos pronto descubrirán la verdad de la afirmación:
"las naciones no tienen amigos, sino intereses”. A los aliados europeos de
Washington no les va a gustar, pero tendrán que tragar saliva y aceptarlo.
La "relación especial" de Gran Bretaña
La primera ministra conservadora británica,
Theresa May, expresó su profundo deseo de que la "relación especial"
de Gran Bretaña con EEUU continúe y sea consumada con un acuerdo comercial en
el momento más próximo posible. Ya que Gran Bretaña pronto podría estar fuera
del mercado único europeo, la perspectiva de un acuerdo comercial jugoso y
sustancioso con los EEUU está, naturalmente, muy cerca de su corazón. Pero en
materia de comercio es la cabeza, más que el corazón, el órgano más útil.
Estas ilusiones se desvanecieron rápida y
brutalmente. La realidad de la llamada relación especial entre Gran Bretaña y
los EEUU quedó expuesta inmediatamente por el hecho de que el presidente electo
sólo se acordó de llamar por teléfono a la primera ministra británica, después
de que ya había llamado a los líderes de otros nueve países –entre ellos
Irlanda y Australia. Eso fue un insulto calculado hacia el Establishment
británico. Pero lo peor estaba por venir.
Cuando el ministro de exteriores de Gran
Bretaña, Boris Johnson, se encontraba en Nueva York durante la campaña
electoral hizo algunas observaciones muy oportunas a expensas del candidato
Republicano (porque era evidente que no creía que pudiera ganar la elección).
Hoy día, Boris está proclamando en voz alta su admiración, respeto y afecto sin
límites por el 45º Presidente de los EEUU. Él ve ahora enormes oportunidades
para las empresas británicas bajo la nueva administración Trump y espera que
todo el mundo se olvide del pasado (más particularmente, que el nuevo
presidente se olvide de sus comentarios ofensivos).
Pero Donald J. Trump no es el tipo de hombre que
se olvida de cosas como esas, y las ilusiones de May y Johnson de que Gran
Bretaña podría conseguir un buen acuerdo comercial con la América de Trump se
han desinflado como un neumático que pisa un clavo de seis pulgadas. Pasaron
por alto un pequeño detalle: la política de Trump es "Estados Unidos
primero". Trump tiene como objetivo "hacer grande a Estados
Unidos" –y tiene como objetivo hacer esto a expensas del resto del mundo.
Esa es la verdadera piedra angular de su política. Y Gran Bretaña no puede
esperar ningún favor ni "relación especial".
Para echar sal en la herida infligida por esa
llamada tardía, de todos los políticos en el mundo, el Presidente Electo eligió
reunirse con Nigel Farage, líder del partido de derecha británico UKIP –un
hombre que ni siquiera es miembro del parlamento británico, y mucho menos
representante de su gobierno. Con una sonrisa de oreja a oreja, Farage fue
fotografiado junto a su héroe en un ascensor dorado, pareciendo un proxeneta de
tercera clase que ha recibido inesperadamente una invitación del Vaticano para
una audiencia privada con el Papa.
Cassidy Donald Trump Nigel Farage 1200Trump y
Nigel Farage
Durante una hora, sin embargo, el exitoso Padrino y su pequeño
secuaz de la ciudad tuvieron una conversación de lo más agradable. Los detalles
de este encuentro intrigante no se nos han revelado. Pero el señor Farage salió
como un hombre flotando en el aire. Su mente estaba obviamente un poco aturdida
por este encuentro con la Grandeza. Nigel tuvo la elegancia de informar de este
encuentro al gobierno de Su Majestad a su vuelta en Londres y de que, si la
Señora May lo deseaba, ella podía confiarle sus servicios como intermediario
con el hombre de la Casa Blanca y organizar los contactos con su entorno.
La amable oferta de Farage fue recibida primero
con un silencio pétreo en el número 10 de Downing Street y más tarde con una
refutación firme. La señora May y sus asesores apenas podían ocultar su
mortificación absoluta por el hecho de que el primer político invitado a
reunirse con el Jefe de Washington fuera el horrible hombrecillo de UKIP. Nada mejor
podría haber sido diseñado para ofender la dignidad de los Conservadores, o
para dejarlo más claro que Gran Bretaña es ahora vista al otro lado del
Atlántico como la Pequeña Inglaterra.
Las consecuencias económicas de Trump
Los mercados, que no esperan a
nadie, no perdieron el tiempo en expresar su consternación por el resultado de
las elecciones. Éste provocó de inmediato fuertes caídas en las bolsas de
valores de Asia y Europa. Grandes cantidades de dinero abandonaron los mercados
de valores en busca de refugios seguros como el oro, que registró fuertes
subidas, el yen japonés y el franco suizo.
En realidad, la política económica de Trump no
es nueva. Es una mezcla de ideas confusas y contradictorias, en la que la
financiación del déficit keynesiano se combina con los recortes de impuestos
monetarista. Desde el punto de vista capitalista, esto es analfabetismo económico. Un estímulo fiscal
basado en bajada de impuestos junto con un gran aumento de la inversión pública
en la infraestructura de la mayor economía del mundo, actuará como un estímulo
que podría alentar temporalmente la economía. Pero también trae sus propios
problemas y peligros.
Las reducciones de impuestos, que beneficiarían
a los ricos, junto con enormes incrementos en gastos de infraestructura, darán
lugar a crecientes déficits. De acuerdo con algunas estimaciones la relación
deuda-PIB se incrementaría en un 25 por ciento más en 2026. Al final, esta es
una receta acabada para una nueva crisis económica. El veredicto de The
Economist fue claro: "Después del subidón del azúcar, las políticas
populistas finalmente colapsan bajo sus propias contradicciones”.
Sin embargo, el contenido real de su programa
económico es el proteccionismo. Donald Trump es un aislacionista, siguiendo una
antigua tradición americana bien establecida. Cuando él dice “Estados Unidos
primero”, lo dice en serio. Cuando él promete hacer grande a Estados Unidos,
significa que quiere hacerlo a expensas del resto del mundo.
La defensa de Trump del proteccionismo pone en
peligro toda la estructura del sistema económico capitalista mundial. Es vista
con horror por los políticos y economistas de todo el mundo que advierten que
si fuera puesta en práctica daría lugar no sólo a una recesión sino a una
profunda depresión a escala mundial. Lejos de proteger puestos de trabajo,
daría lugar a un desempleo masivo a una escala no vista desde la década de
1930. Desde la Segunda Guerra Mundial, la fuerza real del motor del crecimiento
económico mundial ha sido la expansión del comercio mundial. La gran depresión
de la década de 1930 fue el resultado de las políticas proteccionistas,
devaluaciones competitivas y una actitud de empobrecer la economía del vecino.
Y la historia puede repetirse.
Trump está amenazando con desguazar el Tratado
de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) y con romper el Tratado de
Comercio e Inversiones Transatlántico (TTIP) entre los EEUU y la UE. Este ya
estaba en serios problemas antes, pero con la llegada de Trump, ahora sí que
está muerto en el agua. La victoria de Trump también decreta la sentencia de
muerte de la Asociación Trans-Pacífico (TPP), que proyectaba impulsar el PIB de
Japón en un 2,7% en 2030. Y la economía japonesa es uno de los elementos clave
de Asia y de la economía mundial.
El peso mexicano se desplomó cuando se anunció
el resultado electoral. Si Trump actúa sobre su promesa de retirarse del NAFTA,
tal movimiento sería un golpe mortal para las exportaciones mexicanas,
hundiendo a ese país en una profunda crisis de consecuencias sociales y
políticas explosivas. Trump también tiene a Brasil, para quien EEUU es su
segundo mayor mercado exterior, en su punto de mira como uno de los países con
los que los acuerdos comerciales deben ser "reajustados".
Trump acusa a China de "violar" a
América. Ahora la segunda mayor economía del mundo, China representa
aproximadamente la mitad del déficit comercial neto de Estados Unidos. Trump
amenaza con una andanada de aranceles punitivos a las importaciones chinas, del
45% al acero de China, por ejemplo. La imposición de aranceles comerciales
punitivos golpearía a las exportaciones chinas, particularmente en el sector de
la electrónica. Eso conduciría inevitablemente a que Pekín tomara represalias
con barreras comerciales siguiendo la lógica del “ojo por ojo, diente por
diente”, lo que podría terminar en una guerra comercial sin cuartel con China.
Eso también crearía una situación similar a la de la Gran Depresión de la
década de 1930.
Incluso si Trump evita una guerra comercial
abierta, hay mil maneras de introducir medidas proteccionistas por la puerta de
atrás: la aprobación de leyes que exijan que un cierto porcentaje de los
productos vendidos en el mercado americano deba ser producido en los EEUU, o
leyes en materia de seguridad e higiene o para "proteger el medio
ambiente", etc. Eso también llevará a represalias. De cualquier manera, el
efecto será el de deprimir el comercio y el crecimiento mundial y aumentar
todas las contradicciones en una escala global.
Europa será aún más vulnerable que China cuando
los vientos fríos del proteccionismo soplen desde el otro lado del Atlántico.
Alrededor del 14% de las exportaciones de bienes de la zona del euro va a
América. Si bien esto es menos que el 18% de China, América representa
aproximadamente el 40% del crecimiento reciente de las exportaciones de la zona
euro. Por lo tanto, el proteccionismo estadounidense presenta una amenaza aún
más grande para Europa que para China.
Después de ocho años de recesión, contra la que
los capitalistas han luchado sin éxito, la economía mundial se mantiene en un
estado frágil. La moneda única sigue siendo extremadamente inestable. Después
de años de austeridad y de caída de los niveles de vida, nada se ha resuelto.
Obama visitó recientemente Grecia para expresar su "solidaridad". Se
ha sugerido que él era favorable a ayudar a pagar las deudas de ese país. Sin
embargo, sería muy sorprendente que el aislacionista Trump vaya a pagar un solo
centavo.
La votación en Gran Bretaña en junio pasado para
salir de la Unión Europea fue el primer aviso del sentimiento anti-sistema. Sin
embargo, existen tendencias centrífugas similares en Francia, Alemania, Italia
y otros países. Las repercusiones de la victoria de Trump se harán sentir en el
referéndum italiano sobre la reforma constitucional el 4 de diciembre, donde el
primer ministro Matteo Renzi bien puede enfrentarse a una revuelta similar.
Una derrota puede significar la caída de Renzi y
ayudar a impulsar al populista Movimiento Cinco Estrellas, que aboga por la
salida de Italia del euro. Las implicaciones para el futuro de la zona euro e
incluso para la propia UE serían de lo más graves. Si, como parece inevitable,
la demanda de la celebración de referendos sobre la pertenencia a la UE aumenta
su ritmo, no sólo el futuro de la moneda única, sino el de la propia Unión
Europea estará en peligro.
¿Significa Trump un peligro de fascismo?
El resultado inmediato del éxito de Trump será
un impulso para los partidos de derecha anti-inmigración, como el Frente
Nacional en Francia y el partido de Geert Wilders en Holanda. Marine Le Pen
busca emular su éxito cuando Francia elija un nuevo presidente en abril/mayo de
2017. Como resultado, podemos esperar la ruidosa campaña habitual de sectores
de la izquierda, gritando sobre el supuesto "peligro del fascismo".
El marxismo es una ciencia, y como cualquier
otra ciencia utiliza una terminología precisa para caracterizar fenómenos. El
fascismo es una forma muy específica de reacción. En el sentido clásico, es un
movimiento de masas de la pequeña burguesía y del lumpenproletariado que tiene
como objetivo destruir el movimiento obrero por completo, y que es capaz de
hacerlo debido a su base de masas.
Hitler no sólo destruyó partidos obreros y
sindicatos, sino que incluso cerró los
clubes de ajedrez de los trabajadores. Bajo el dominio de los nazis, la
democracia burguesa fue reemplazada por una dictadura totalitaria. El
movimiento obrero fue aplastado y la clase obrera completamente atomizada. Con
un ejército de espías e informadores en cada bloque de pisos, los nazis fueron
capaces de hacer esto.
Es cierto que Donald Trump es un reaccionario,
un intolerante racista rabioso y un enemigo jurado del movimiento obrero. Pero
no es Adolf Hitler ni Mussolini. Él es un demagogo de derecha, que se basa en
las estructuras de la democracia burguesa. Su objetivo no es derrocar el
sistema, ni siquiera "drenar el pantano de Washington" [terminar con
el despilfarro de la administración, NdT]. Busca promocionarse a sí mismo, a su
familia y sus intereses comerciales. Esto pronto se revelará en la práctica.
Tenemos que mantener un sentido de la
proporción. Aquellas personas que están constantemente gritando sobre el
"fascismo" están jugando un papel negativo, confundiendo a la gente
y, en definitiva desorientando a las masas, de tal manera que cuando haya una
amenaza real de reacción, no estarán en condiciones de responder adecuadamente.
Es como el niño que gritaba “que viene el lobo” tan a menudo que cuando
realmente el lobo hizo acto de presencia, nadie respondió a sus gritos de
ayuda.
La falsa idea del "mal menor" conduce
directamente al pantano de la colaboración de clases, como hemos visto en los
Estados Unidos cuando ciertas personas de izquierda apoyaron la candidatura de
Hillary Clinton, sobre la base de que era el "mal menor" si se la
comparaba con el "fascista" Donald Trump. Recordémonos también que la
victoria de Trump fue preparada por Obama, que hace ocho años galvanizó un gran
apoyo con el lema del "cambio", pero que no provocó cambio alguno.
Este enfoque es falso en la teoría y desastroso
en la práctica. Hillary Clinton y Donald Trump representan precisamente los
mismos intereses de clase. Ambos defienden el dominio de los bancos y los
monopolios. De hecho, son las botas izquierda y derecha del mismo sistema.
Recordemos también que Hillary Clinton no derrotó a Donald Trump. De hecho, su
campaña estaba destinada al fracaso precisamente porque mucha gente pensaba
–correctamente– que uno era tan mala como el otro. Muchos han dicho que votaron
a Trump ¡porque pensaban que él era "el mal menor"!
La naturaleza reaccionaria del programa de Trump
es clara y no necesita más elaboración aquí. Con el control Republicano de la
Cámara de Representantes y del Senado, Trump aprobará la legislación que
restringe los derechos civiles. Él ha dicho que hará lo posible para designar a
los jueces que revoquen fallos favorables a la igualdad del matrimonio y al
acceso al aborto para las mujeres. Y reducirá o liquidará el acceso de millones
de personas pobres a la atención sanitaria. Todo esto representa una
agenda derechista reaccionaria que debe
ser resistida por todos los medios posibles.
Por supuesto, es necesario llevar a cabo una
lucha seria contra Trump, Le Pen, y demás reaccionarios. Pero la única fuerza
en la sociedad que es capaz de llevar a cabo una lucha de este tipo es la clase
obrera. Lo que se requiere es una acción conjunta por parte de los sindicatos y
partidos obreros para luchar contra la reacción en todas sus formas. Pero lo
que no es admisible es defender la unidad de todas las supuestamente "fuerzas progresistas" con el fin
de "defender la democracia", incluidos los partidos y políticos
burgueses. Esa es una receta segura para la derrota. La elección de EEUU fue la
confirmación más clara de esto.
¿Ahora qué?
"Estados Unidos no ha votado por un cambio
de partido tanto como por un cambio de régimen". (The Economist)
El verdadero significado de este resultado es
que el centro político se está desintegrando ante nuestros ojos. La política
estadounidense se está polarizando fuertemente entre derecha e izquierda. Esto
es lo que más alarma a la clase dominante y a sus estrategas. Por supuesto,
Trump, es un magnate multimillonario y una parte muy importante del sistema
capitalista, no representa una amenaza real para ellos. Pero las fuerzas que él
ha desencadenado en efecto, sí representan una amenaza.
Durante generaciones el capitalismo
estadounidense se ha basado políticamente en dos pilares principales: los
Republicanos y los Demócratas. Durante el tiempo que cualquiera puede recordar
el poder político pasó de unos a otros sin que nadie notara ninguna diferencia
sustancial. En las palabras del gran escritor estadounidense Gore Vidal:
"Nuestra República tiene un solo partido –el Partido de la propiedad– con
dos alas de derechas". Ahora bien, esta confortable situación ha sido
desbaratada.
Es significativo que, por primera vez en estas
elecciones, los políticos de los EEUU comenzaran a darse cuenta de la
existencia de la clase obrera. La propia expresión de “clase obrera” había
desaparecido del vocabulario político de Estados Unidos. Hasta ahora, sólo se
referían a la "clase media". Pero la situación de millones de
votantes desposeídos y alienados en los estados norteños del cinturón de óxido
[“rustbelt”, amplias zonas de fábricas cerradas, NdT] atrajo la fuerza de su
atención sobre la existencia de la clase que lo produce todo y no posee nada.
Un comentarista político preocupado observó con alarma: "hay una gran
cantidad de ira por ahí”.
Demagogo hábil, el multimillonario Trump tuvo
éxito en conectar con el estado de ánimo de revuelta que se estaba extendiendo,
sobre todo en los estados industrializados deprimidos como Michigan, Wisconsin
y Ohio. Se hacía pasar como su campeón, o su "abogado", como señalaba
la cita anterior. En realidad, Trump es sólo el defensor de sí mismo. Pero al
apelar a esta masa de trabajadores descontentos, estaba dando a entender una
estrategia que es muy peligrosa para la clase gobernante de Estados Unidos. Una
estrategia que él vivirá para lamentarlo.
El período actual es de una profunda crisis
capitalista, caracterizada internacionalmente por violentas oscilaciones de la
opinión pública, tanto a la derecha como a la izquierda. Las masas están
buscando una manera de salir de la crisis, mirando primero en una dirección y
luego en otra. Hace ocho años, Obama se benefició de esto levantando la bandera
del "cambio". Eso tuvo una gran respuesta. Pero las esperanzas de un
cambio con Obama se han desvanecido.
Esto es lo que provocó una fuerte reacción y un
giro a la derecha, que, sin embargo, contiene muchos elementos contradictorios.
En su discurso final antes de las elecciones Trump apeló deliberadamente a la
clase obrera de Estados Unidos para que hiciera oír su voz. Hizo un llamamiento
a los "americanos olvidados" - los millones de personas en paro,
desencantados y desprotegidos en el “cinturón oxidado” y otras zonas deprimidas
que han sido devastadas por la crisis del capitalismo.
Ese mensaje no cayó en saco roto. Estados como
Wisconsin, que tradicionalmente han votado Demócrata ahora pasaron a los
Republicanos –o, más correctamente, a Donald Trump. Esta es una expresión de la
desesperación que sienten los millones de olvidados, las víctimas de la crisis
capitalista. Muchos de los partidarios de Trump quedaron impresionados por el
mensaje socialista de Sanders y habrían estado dispuestos a votar por él, pero
nunca a Hillary Clinton, una política del Establishment que representa todo lo
que la mayoría de los estadounidenses detestan.
El Presidente Trump descubrirá pronto que una
gran victoria trae consigo grandes responsabilidades. El problema para Trump es
que ahora tiene que cumplir sus promesas. Él ya no tiene ninguna excusa para no
hacerlo. Él no podrá culpar a un Congreso obstruccionista controlado por los
Demócratas. Estará bajo presión para cumplir sus promesas, y para hacerlo
rápidamente.
El problema al que Trump se enfrentará es que la
clase dominante tiene muchas maneras diferentes de controlar a los políticos y
presidentes, y tiene suficientes palancas en sus manos para asegurarse de que
Trump no escape a su control. Sobre el papel,
tiene un enorme poder en sus manos. No sólo los Republicanos controlan
ahora la Casa Blanca, también controlan la Cámara de Representantes y el Senado.
Ellos están en una posición mucho más poderosa que la que tenía Obama hace ocho
años.
El presidente saliente, no sin una nota de
anticipación maliciosa, predijo que el señor Trump tendrá que adaptar sus
promesas electorales más extravagantes a las realidades del poder. Esa es la
ferviente esperanza del Establishment norteamericano e internacional. Si esta
esperanza se materializa o no es cuestión de especulación. Los primeros
indicios indican ya que Trump está retrocediendo en su demagogia electoral.
Ayer mismo estaba amenazando con poner a Hillary
Clinton en la cárcel; después de las elecciones la alabó por su valiente
campaña y le dio las gracias por todo lo que ha dado al pueblo estadounidense.
Se comprometió a expulsar a once millones de inmigrantes ilegales, pero ahora
dice que la cifra será más bien de dos o tres millones. El famoso muro que se
va a construir a lo largo del Río Grande resultará ser más bien una valla.
Incluso el programa de salud Obamacare, dice, no se abolirá exactamente, sino que
sólo será "reformado" (aunque eso probablemente significa la misma
cosa).
La propuesta de Trump para revertir el acuerdo
de París sobre el cambio climático ha provocado una protesta general. Pero
aparte de su efecto sobre el medio ambiente, no provocará los resultados
económicos que anticipa. Su promesa de revivir la industria del carbón de
Estados Unidos es completamente hueca, ya que es poco probable que alguien vaya
a proporcionar la inversión necesaria para que esto se produzca. Tampoco Trump,
representante de las grandes empresas, será propenso a tomar medidas que dañen
el lucrativo negocio de la energía no fósil que ha florecido en Estados Unidos
en los últimos años.
Trump dijo: "esto no era una campaña, sino
un gran movimiento”. Pero este movimiento ahora lo ha impulsado al gobierno, y
el gobierno, como sabemos, no es un movimiento en absoluto, sino una propuesta
de negocios inteligente. El drenaje del pantano de Washington, una promesa
clave, de inmediato se ha contradicho con la elección de sus colaboradores, que
incluyen a un buen número de caimanes políticos que han pasado toda su vida
nadando felices en dicho pantano. Naturalmente, no se ha olvidado de los
miembros de su propia familia que ocupan posiciones importantes en su equipo,
al mismo tiempo que dirigen sus negocios lucrativos.
En el siglo XIX los vendedores norteamericanos
iban de ciudad en ciudad en el medio oeste con estuches completos de medicinas
en vagones cerrados. Estos medicamentos, conocidos popularmente como aceite de
serpiente, curaban supuestamente todos los males. A falta de atención médica
adecuada, muchas personas compraban el citado aceite de serpiente y lo
consumían, esperando ansiosamente un resultado rápido y eficaz. Dado que, sin
embargo, este medicamento milagroso consistía principalmente de agua coloreada,
sus esperanzas se desvanecían pronto, ya fuera porque su condición no mejoraba,
o porque empeoraba considerablemente, dependiendo de qué otros ingredientes
imaginativos se habían añadido al agua coloreada.
El grado de indignación que seguía se
correspondía con las esperanzas que les habían precedido. En muchos casos, el
vendedor ambulante era embreado y emplumado y conducido fuera de la ciudad.
Donald Trump ha vendido la marca Trump a un electorado desesperado por cambiar,
y ansioso por creer lo increíble. Pero éste va a encontrar muy pronto que los
productos que le han vendido no son aptos para su propósito.
Al final Donald J. Trump llegará a ser sólo otro
presidente derechista conservador, que defiende los intereses de las grandes
empresas. Ya los expertos políticos están prediciendo que el presidente Trump
será un animal muy diferente al del triunfo de la campaña electoral. Esto
producirá el mismo tipo de desencanto entre los votantes Republicanos como el
que experimentaron con anterioridad los que pusieron sus esperanzas en Obama.
The Economist ve que Trump va a fracasar y su
conclusión es significativa: "El peligro de la ira popular, sin embargo,
es que la desilusión con el Sr. Trump sólo servirá para aumentar el descontento
que le puso en el puesto de presidente. Si fuera así, su fracaso podría allanar
el camino para alguien aún más decidido a romper el sistema". (Énfasis
nuestro)
Este proceso llevará un tiempo. Las esperanzas
exageradas de un sector considerable de la sociedad americana en la nueva
administración pueden durar algún tiempo. En las palabras del poeta, "la
esperanza es eterna en el corazón humano". Pero los acontecimientos la
desgastarán gradualmente, produciendo una poderosa reacción. En política, como
en la mecánica, cada acción tiene una reacción igual y opuesta. Lentamente,
pero con seguridad, la rueda gira. El camino estará preparado para una
oscilación aún más grande a la izquierda en el futuro.
Muchos de los que votaron a Trump quedaron impresionados
por el mensaje socialista de Bernie Sanders y su llamamiento a una
"revolución política contra la clase multimillonaria". Habrían estado
dispuestos a votar por él, pero no por Hillary Clinton. Pero Sanders fue
expulsado por las intrigas de la maquinaria del Partido Demócrata. Su posterior
apoyo a Hillary Clinton (como "mal menor"), decepcionó a sus
seguidores que, o bien no votaron o votaron por el partido Verde, o incluso por
Trump.
Trump tuvo éxito porque él adoptó una actitud
desafiante hacia el Establishment Republicano. Si Bernie Sanders hubiera
adoptado una actitud similarmente de intransigente hacia el Establishment de la
Convención Demócrata [que tenía que elegir entre Clinton o Sanders, NdT], ahora
estaría en una posición muy fuerte. Pero eso habría significado romper con los
Demócratas. Y ese sigue siendo el único camino a seguir.
Hemos entrado en un período de enorme
turbulencia, caos e incertidumbre a escala mundial. La elección de los EEUU es
sólo un síntoma de ese hecho. El viejo orden se tambalea y se encamina hacia
una caída. Las masas están despertando a la vida política. En las etapas
iniciales, inevitablemente habrá confusión. Las masas no aprenden de los libros
de texto revolucionarios. Sólo pueden aprender de la experiencia, y será una
experiencia muy dolorosa. Pero aprenderán seguro. Las masas en los EEUU están
encontrando sus pies. Las nuevas capas de trabajadores y jóvenes son frescas y
no están contaminadas por generaciones de direcciones reformistas y
estalinistas. Están muy abiertas a las ideas revolucionarias –la campaña de
Sanders lo demostró más allá de toda duda.
Este proceso llevará un tiempo. Habrá muchos
altibajos: períodos de grandes luchas serán seguidos por derrotas, decepciones,
e incluso reacción. No olvidemos que incluso en Rusia en 1917, la revolución de
febrero fue seguida por la derrota de las Jornadas de Julio y la reacción
kornilovista. Pero eso, a su vez, sólo preparó un nuevo y victorioso repunte
que llevó a la Revolución de Octubre. Tarde o temprano, este movimiento
encontrará su expresión en un verdadero movimiento en dirección a un cambio
social: es decir, en dirección a la revolución socialista. Se están preparando
grandes acontecimientos ¡Qué alegría es vivir y luchar en estos tiempos!
Fuente: El Militante



