El amor de Occidente y su
relación con Carlos Andrés Pérez
Como solía enseñar Alicia Oliveira, una inteligente abogada
de derechos humanos y vieja amiga del actual Papa, ya fallecida, los Estados
escriben. Y en el caso de la dictadura lo que escriben nunca deja de
sorprender. En los documentos desclasificados recién entregados por los Estados
Unidos a la Argentina hay una carta del almirante Emilio Massera al presidente
James Carter en la que dice que “Occidente es la libertad de pensar y de hacer”
y el “respeto al honor, al trabajo, al talento”. Y completa: “Pero Occidente es
también el amor, es la esperanza y es la misericordia”.
La carta de Massera, ya muerto, tiene un membrete en el
ángulo superior izquierdo que dice “Junta Militar. Comandante en Jefe de la
Armada” y está fechada el 15 de septiembre de 1978. El responsable máximo del
campo de concentración que operaba en la Escuela de Mecánica de la Armada la
escribió para compartir con Carter “algunas reflexiones sobre la situación de
mi país” porque estaba por cesar en sus funciones como miembro de la Junta.
Reconquista
Uno de los párrafos tiene tono de cruzada. “En mis frecuentes visitas a todos los países sudamericanos he hecho especial hincapié en la necesidad de emprender la reconquista del espíritu de Occidente por parte de todos los países americanos, como único camino para salvaguardar nuestra identidad continental”. Massera dice haber “enfatizado hasta el cansancio que a Occidente no hay que buscarlo en el mapa, porque es hoy una actitud del alma que no está atada a ninguna geografía”.
El de Massera no es un planteo filosófico. Recuerda el
mensaje a Carter que “esta insistencia en sacar a la luz ese espíritu dormido
de nuestros pueblos ha sido acogido siempre con beneplácito”. Pero señala
también que “resulta extraño entonces comprobar que, paradójicamente, el tema
central de las presentes divergencias argentino-norteamericanas sea el mismo
que nos ofrece la mayor posibilidad de una comprensión total entre nosotros”.
Es decir que, para Massera, la Argentina era más baluarte de
Occidente que los Estados Unidos, o al menos que los Estados Unidos de Carter,
y por ese motivo la Argentina debía ser comprendida en su guerra de
reconquista. Massera aparecía, así, como una reencarnación de los Reyes
Católicos en la lucha contra moros y judíos que terminó en la reconquista
española de 1492.
El dictador, al mismo tiempo, no se priva de recordar sus
cordiales en Caracas con el entonces presidente Carlos Andrés Pérez y con los
ex presidentes Rómulo Betancourt y Rafael Caldera.
Al final recuerda que vivió en Washington dos años en la
década del ’60 y expresa el deseo de “conversar personalmente con usted sobre
la evolución de la situación argentina” en los meses siguientes. Massera cita
glamorosamente y en inglés la chance de “a brief sentimental return to
Washington”, o sea un breve viaje de regreso en tono sentimental.
El documento ocupa tres páginas de las 1080 que el gobierno
de Barack Obama entregó al de Mauricio Macri como parte de su promesa de
concretar la continuidad de la desclasificación que había iniciado en 2002. El
proceso de entrega de documentos sobre la dictadura argentina comenzó a pedido
del canciller de Fernando de la Rúa, Adalberto Rodríguez Giavarini, que después
de tratar el tema con Abuelas de Plaza de Mayo logró un compromiso de su colega
de entonces Madeleine Albright.
La presentación de los documentos se realizó el lunes en la
Casa Rosada, la sede del gobierno argentino, por cuenta del vicecanciller
Carlos Foradori, el representante especial para Derechos Humanos de la
Cancillería, Leandro Despouy, y el secretario de Derechos Humanos Claudio
Avruj.
Un primer análisis permite comprobar la falta de documentos
surgidos de los órganos específicos de espionaje como la Agencia Central de
Inteligencia. Pero se trata de una primera tanda posterior a la visita de
Obama. Quedará por ver si en una segunda tanda James Clapper, Director de
Inteligencia Nacional y autoridad máxima de los Estados Unidos en el área,
incluye la desclasificación de materiales provenientes tanto de la CIA como de
la oficina que él mismo dirigió entre 1992 y 1995, la Agencia de Inteligencia
de Defensa. Clapper, de 75 años, es teniente general en retiro de la Fuerza
Aérea.
Los documentos pueden ser consultados haciendo click en este
link: http://bit.ly/1iEIKcK.
Avruj entregó una carpeta a Abuelas “porque fue una de las
organizaciones que solicitó formalmente la desclasificación pero estarán a
disposición del público en la sede del Museo de la Memoria”.
Despouy y Carter
Despouy, que estuvo exiliado entre 1974 y 1983 porque ejercía la defensa de presos políticos, dijo que ésta y otras desclasificaciones no hubieran sido posibles sin la acción de los organismos de derechos humanos. Además del representante de Abuelas, Abel Madariaga, asistieron a la Casa Rosada directivos del Centro de Estudios Legales y Sociales, de Familiares de Detenidos Desaparecidos por Razones Políticas, de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y del Equipo Argentino de Antropología Forense.
Ex auditor general de la Nación, Despouy subrayó que en la
Cancillería existe una estructura especializada en la recolección y la
clasificación de documentos de otros países relacionados con la dictadura y que
planea reforzarla.
Despouy también pidió rendir un homenaje a Carter, el
presidente que gobernó entre enero de 1977 y enero de 1981, antes de la era de
Ronald Reagan, y alentó la presión de sus funcionarios sobre la Junta Militar.
Tiene 91 años y vive en Georgia, Atlanta.
Entre las 1080 páginas son visibles las distintas alas de la
Administración Carter sobre la Argentina. Una, la postura flexible del entonces
subsecretario de Asuntos Interamericanos, Terence Todman, que en 1989 sería
embajador en la Argentina. Otra, la de la encargada de derechos humanos del
Departamento de Estado, Patricia Derian, partidaria de una línea dura tanto
privada como pública.
Todman apostaba a “fortalecer la posición de (Jorge) Videla
frente a los otros militares que se le oponen en derechos humanos y cuestiones
nucleares, basados en nacionalistas de línea dura”. Washington debía obtener de
él el acuerdo para ratificar el Tratado de Tlatelolco de no proliferación
nuclear (objetivo que lograría el propio Todman pero recién con Carlos Menem) y
un compromiso de mejorar la situación de los derechos humanos por dos caminos.
El primero sería “la liberación de detenidos o el respeto al debido proceso”.
El segundo, el fin de las desapariciones y la tortura.
Todman elevó ese documento en 1977, solo un año después del
golpe. Quedaba claro, para él, que la guerrilla ya no tenía poder de fuego
alguno. “Los Montoneros, inclinados hacia el peronismo y que fueran poderosos,
han sido reducidos a 700 combatientes, y el trotskista Ejército Revolucionario
del Pueblo a solo 120”, dice un párrafo de su informe en el que indica que “los
movimientos terroristas organizados están mayormente bajo control”. Quiere
decir que según Todman y sus fuentes solo un año después del golpe ya había
sido cumplido el objetivo de “eliminar el terrorismo”, motivo del fin del
gobierno constitucional junto con la búsqueda de la “restauración económica”.
El análisis de Todman advertía sobre la inflación del 150 por ciento, la
reducción del salario real en un 40 por ciento y el comercio con la Unión
Soviética favorable a la Argentina, lo cual podía llevar a incrementar compras
argentinas en el mercado de la superpotencia enemiga. Tal como se revelaría en
la declaración de amor occidental de Massera, los Estados Unidos constituían un
desafío para los militares argentinos en términos de préstamos y venta de
armas.
El documento de Todman ya informaba sobre una organización
con visibilidad semanal: “Mothers of the Plaza”. Las Madres de Plaza de Mayo.
También señalaba su preocupación por el desarrollo nuclear,
que según la diplomacia norteamericana le permitiría a la Argentina contar en
dos años más con una planta de reprocesamiento capaz de producir el plutonio
suficiente para construir una bomba nuclear.
Pérez Esquivel
Otro de los documentos interesantes es el mensaje escrito en 1979 por Robert Pastor, un funcionario muy importante de Carter, al consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, uno de los cerebros de la Casa Blanca. Pastor recomendaba a Brzezinski no encontrarse con Massera (y subrayaba la palabra “no” en su informe) porque con él en la Junta habían sucedido “algunas de las peores violaciones a los derechos humanos”. Además, los generales Roberto Viola y Jorge Videla, igualmente genocidas pero enfrentados a Massera por disputas de poder, tomarían un encuentro como una conspiración contra ellos. Decía Pastor para explicarse bien que juntarse con Massera le caería al Ejército peor todavía que “cualquier cosa que pudiera hacer Pat Derian”.
Brzezinski, un politólogo nacido hace 88 años en Varsovia
que junto a Carter es otro de los pocos protagonistas vivos de esa época,
escribió un memo recomendando al presidente que firmara una carta de
felicitaciones al Premio Nobel de la Paz 1980 Adolfo Pérez Esquivel. Zbig, como
es conocido en los Estados Unidos, registraba que Pérez Esquivel era un crítico
de la junta salvadoreña apoyada por Washington. Pero estimaba que ése era un
problema manejable. Pese a la posición del Nobel sobre El Salvador, Carter
debía felicitarlo porque “el gobierno argentino está furioso con el premio” y
“la cuestión de los derechos humanos en la Argentina fue una de las mayores
preocupaciones de su administración, por lo cual es necesario seguir
demostrando su identificación”.