Han pasado
80 años del alzamiento fascista del general Franco que dio inicio a la
guerra civil española y a una revolución social de una extraordinaria
extensión y profundidad. Pese a que el contenido social de la revolución
española desatada durante la guerra civil de 1936-1939 ha sido
conscientemente ocultado, tergiversado y mancillado por la
historiografía oficial, aquélla escribió una página gloriosa en el gran
libro de la lucha de la clase obrera mundial contra la explotación
capitalista.
Cuatro
décadas después de la caída de la dictadura franquista, una nueva
generación de trabajadores, jóvenes y activistas sociales está
forjándose en el fuego de la lucha de clases.
¿Qué
interés puede ofrecer, en este contexto, la Revolución española de los
años 30 del siglo pasado? No en vano, este extraordinario acontecimiento
histórico aún reverbera en la memoria de la clase obrera española y en
sus luchas cotidianas.
80
años después de aquellos acontecimientos, la profunda crisis social y
económica que atraviesa el Estado español ha desenterrado los viejos
demonios de nuestra historia contemporánea. Ahí están el atraso
histórico de la economía española y el carácter reaccionario de la
burguesía. El viejo aparato del Estado sigue siendo una fuente de
conspiraciones reaccionarias. A la polarización creciente entre las
clases sociales se suma el desprestigio de la monarquía y el avance de
las tendencias republicanas en la sociedad.
Por
encima de todo, hemos visto desarrollarse con enorme vigor un proceso
masivo de movilizaciones sociales y de organización popular que muestran
la voluntad creciente de la clase trabajadora y de la juventud de tomar
su destino en sus manos para transformar la sociedad.
Por
tanto, el estudio de la Revolución española resulta esencial para
aplicar sus lecciones a la realidad actual y evitar los errores del
pasado, a fin de contribuir al éxito de la lucha actualmente en curso
y armar políticamente a la nueva generación de revolucionarios que
luchamos por el socialismo.
España antes de la II República
A
comienzos del siglo XX España era uno de los países más atrasados de
Europa. El 70% de la población vivía en el campo y el 60% era
analfabeta. España, país imperialista débil, mantenía posiciones
coloniales en el norte de África.
La
burguesía española fue el resultado de la fusión de la naciente
burguesía industrial en las ciudades con la vieja oligarquía
terrateniente. Era una clase profundamente reaccionaria, vinculada a la
monarquía decadente de los Borbones. Para mantener la estabilidad social
debía recurrir regularmente a golpes militares, como la dictadura de
Primo de Rivera de 1923.
La
burguesía había llegado tarde al escenario histórico, de ahí el
desarrollo desigual y combinado del capitalismo español, que reunía
características semifeudales en el campo con un significativo desarrollo
industrial en zonas como Cataluña, el País Vasco, Asturias; y, en menor
medida, en ciudades como Madrid, Zaragoza, Valencia, Sevilla o Málaga.
El
proletariado español tenía una tradición importante, que se remontaba a
la época de la formación de la I Internacional - la Asociación
Internacional de Trabajadores - a fines de la década del 60 del siglo
XIX. Y, desde el principio, demostró mucha combatividad, formando
organizaciones de masas, como el Partido Socialista Obrero Español
(PSOE); y sindicatos como la Unión General de Trabajadores (UGT),
socialista, y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), anarquista.
En
las primeras décadas del siglo XX la clase obrera española había
protagonizado importantes luchas, muchas de ellas de carácter
revolucionario, como la Semana Trágicade
Barcelona en 1909 y la huelga general revolucionaria de agosto de 1917,
que dio inicio a un período tormentoso de lucha de clases conocido como
el Trienio Bolchevique de
1917-1920. El agotamiento de este período de ascenso de luchas, sumado
al desastre de la política colonial en Marruecos, derivó en el golpe de
Estado del general Primo de Rivera en 1923.
En
1930 España fue golpeada por la crisis económica mundial, y los
trabajadores y campesinos se lanzaron a innumerables huelgas y luchas.
El número de desocupados se disparó hasta el millón. La monarquía estaba
completamente desacreditada. En un último intento por sobrevivir, el
rey Alfonso XIII cesó a Primo de Rivera.
Para
buscar un respaldo formal al viejo régimen, el gobierno monárquico
restableció algunos derechos constitucionales, y convocó elecciones
municipales en abril de 1931. Pero esta jugada le salió mal. Los
partidos monárquicos sufrieron una derrota humillante en las ciudades, y
las masas se lanzaron a la calle exigiendo la proclamación de la
república. El rey Alfonso XIII tuvo que abdicar y se exilió del país. La
primera fase de la revolución española había comenzado.
La proclamación de la república
Para
los capitalistas y terratenientes, la proclamación de la república no
significaba más que un cambio cosmético para intentar contener la
acometida de los millones de obreros y campesinos. Pero las masas
buscaban en ella la satisfacción radical de sus reclamos: la tierra para
los campesinos, terminar con la pobreza, el atraso y el analfabetismo.
En
las elecciones legislativas de junio los republicanos burgueses
"progresistas" y el PSOE obtuvieron la mayoría, formando un gobierno de
coalición.
Los
dirigentes socialistas consideraban que su cometido era ayudar a la
burguesía para resolver las tareas democráticas pendientes: la reforma
agraria, el desarrollo industrial, modernizar la sociedad, la separación
de la Iglesia del Estado, democratizar el ejército, y resolver el
problema colonial en Marruecos y la cuestión nacional en Cataluña, el
País Vasco y Galicia. Pero resolver esto era incompatible con el
mantenimiento del capitalismo porque la burguesía española estaba
soldada al viejo orden reaccionario.
Sólo
la clase obrera, tomando el poder con el apoyo del campesinado pobre,
podía sacar al país del atraso emprendiendo medidas socialistas de
expropiación y disolviendo el podrido aparato estatal para sustituirlo
por organismos de poder obrero y campesino, a semejanza de los soviets rusos
de 1917. Sólo la clase obrera, que no está interesada en ningún tipo de
opresión, podía liberar Marruecos del colonialismo español y otorgar a
las minorías nacionales oprimidas dentro del Estado español (Cataluña,
País Vasco, Galicia) el derecho de autodeterminación para que decidieran
libremente si deseaban mantenerse unidas voluntariamente al resto de
España en el marco de una federación socialista - que sería lo más
deseable - o probar una vía de desarrollo nacional independiente.
La
clase obrera española, a pesar del atraso del país, tenía una fuerza
significativa, con dos millones de obreros en las ciudades y otro millón
y medio de obreros agrícolas en el campo. Una clase obrera, en términos
relativos, más fuerte que la clase obrera rusa en 1917.
Millones
de obreros y campesinos despertaron a la actividad sindical y política y
sus organizaciones experimentaron un crecimiento vertiginoso en pocas
semanas. La UGT y la CNT alcanzaron el millón de afiliados cada una, y
el PSOE cerca de 100.000. Las Juventudes Socialistas llegaron a alcanzar
los 100.000 afiliados en 1935, y tenían sus propias milicias armadas.
La CNT experimentó un giro ultraizquierdista al caer bajo la dirección
del ala anarquista más extrema, la Federación Anarquista Ibérica, FAI.
Un
caso aparte es el Partido Comunista español, que fue débil
tradicionalmente; en parte, porque la fracción comunista del PSOE que
fundó el PCE se escindió prematuramente en 1919-1920; en parte, por la
dura represión a que fue sometido por la dictadura de Primo de Rivera;
y, en otra gran parte, por la política ultra sectaria que le había sido
impuesta por la Internacional Comunista estalinista desde fines de los
años 20, que calificaba de fascistas a las principales organizaciones de
masas del proletariado español: el PSOE y la CNT ("socialfascistas" y
"anarcofascistas", respectivamente). Al comienzo de la república, el PCE
tiene apenas 800 afiliados. Poco antes, había sufrido la escisión de su
federación catalano-balear, dirigida por Joaquín Maurín, quien formó el
Bloque Obrero y Campesino (BOC) con 3.000 afiliados y dirigía
importantes sindicatos de la CNT catalana en Lérida y Gerona.
El
PCE estaba destinado a jugar un papel trágico en toda la Revolución
española, al quedar sus dirigentes relegados a ser un juguete en manos
de la burocracia estalinista de Moscú, que utilizó el partido español
para sus cínicos intereses.
La
razón de esto es que años de aislamiento, guerra civil y acoso del
imperialismo, en un país pobre y devastado como era Rusia entre 1917
y1924, provocaron una deformación burocrática y totalitaria de la
revolución rusa —particularmente tras la muerte de Lenin—, traicionando
los principios elementales del socialismo y del comunismo. La burocracia
resultante, dirigida por Stalin, purgó el ala izquierda del partido
comunista —dirigida por León Trotsky– y se convirtió en una casta
conservadora que se dotó de privilegios materiales por encima de la
población, y sustituyó la política de impulsar la revolución socialista
mundial por el mantenimiento del “status quo” con las potencias
capitalistas “democráticas” europeas.
La
oposición de izquierda del PCE, trotskista, formó un grupo
independiente con el nombre de Izquierda Comunista en 1932. Contaba al
proclamarse la república con 200 militantes, pero llegaría a superar el
millar en 1934. Su principal dirigente, Andrés Nin, fue el presidente de
la Internacional Sindical Roja, vinculada a la Internacional Comunista,
y regresó a España en 1930 expulsado de la URSS.
Aunque
hubo avances sociales indudables en educación y cultura, salud, y
derechos democráticos - como el matrimonio civil, la legalización del
divorcio, la prohibición de impartir enseñanza a las órdenes religiosas y
el derecho de voto de las mujeres, entre otras - las condiciones
sociales más apremiantes vinculadas a los bajos salarios, el desempleo,
el hambre en las zonas rurales, y la pobreza, permanecían sin solución,
en la medida que el gobierno no atacaba a raíz del problema: la
propiedad concentrada de los industriales, banqueros y terratenientes, y
los privilegios insultantes de la Iglesia y de la cúpula del ejército.
El
horizonte de millones de obreros y campesinos se había elevado con la
tensión revolucionaria que había abierto la proclamación de la
república; su odio hacia la injusticia, el atraso y los abusos de los
patrones inundaba la atmósfera, la confianza en sus fuerzas se había
multiplicado, se sentían poderosos. Por primera vez en siglos las masas
explotadas consideraban que este gobierno les pertenecía y, por lo tanto
deseaban ardientemente para hoy mismo una transformación radical de la
sociedad por la que anhelaron durante generaciones.
Incapaz
de responder a las demandas de las masas, el gobierno
republicano-socialista enfrentó al movimiento obrero, desprestigiándose
rápidamente. Se aprobaron leyes anti-huelga, se prohibieron las huelgas
"políticas" y se reprimió a los campesinos y jornaleros en las zonas
rurales, siendo el caso más significativo el ocurrido en la población
gaditana de Casas Viejas, donde fueron masacrados decenas de jornaleros
anarquistas por la Guardia de Asalto, la nueva policía republicana.
Paralelamente,
la CNT desplegó una huida hacia delante ultra izquierdista proclamando
recurrentemente el "comunismo libertario" con levantamientos locales
que, indefectiblemente, terminaban ahogados por las fuerzas represivas
con muertos, encarcelamientos, cierre de locales anarquistas, censura de
la prensa obrera, etc.
La
derecha comenzó a reagrupar su base social, aprovechando el desánimo y
la frustración de los obreros y campesinos por la política del gobierno
republicano-socialista. Los oficiales de ejército, que permanecía sin
depurar, comenzaban a conspirar abiertamente.
El
10 de agosto de 1932, el General Sanjurjo protagoniza un intento de
golpe de Estado en Sevilla. Pero esta intentona reaccionaria fue
desbaratada por una huelga general de los obreros sevillanos, que
rodearon los cuarteles.
En
medio de una inestabilidad social creciente, a mediados de 1933 el
sector de los republicanos burgueses de Lerroux giró a la derecha y
abandonó el gobierno, debilitando la llamada Conjunción
republicano-socialista. En septiembre de 1933, el presidente de la
república, el conservador Alcalá-Zamora, disolvió el Congreso y llamó a
elecciones. Sobre la base de una importante abstención - impulsada por
la CNT y anclada en la frustración de gran parte de las masas obreras
con el que consideraban "su" gobierno - la coalición de derecha, formada
por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de
simpatías fascistas, y por los republicanos de derecha de Lerroux,
obtuvo la mayoría. Se iniciaba el "Bienio Negro" de 1933-1935.
El
gobierno burgués utilizó las leyes bonapartistas del gobierno anterior
para atacar a la clase obrera organizada. En un año se requisaron 100
ediciones de la prensa del PSOE, El Socialista.
Para septiembre de 1934 había 12.000 obreros encarcelados. Se persiguió
a las milicias socialistas y se les confiscaron sus armas. Se cerraron
locales obreros y se intervinieron las cuentas bancarias de las
organizaciones obreras. Se paralizó la tímida reforma agraria iniciada
dos años antes y se puso en libertad a los militares implicados en
conspiraciones reaccionarias.
Pese
al avance de la reacción, la clase obrera mantenía en pie sus
organizaciones, y su misma existencia era un peligro para la dominación
de clase de la burguesía. Ésta tenía claro que sólo a través de un
gobierno fascista podía aplastar la revolución. Pero necesitaba tiempo
para construir una base de apoyo más firme. Por eso, la CEDA (a la que
las masas obreras vinculaban con el fascismo) no ingresó al principio al
gobierno, para evitar una reacción prematura de la clase obrera.
La revolución de octubre de 1934
La
derrota electoral y el avance del fascismo en Europa actuaron como un
látigo en la conciencia de millones de obreros y campesinos. La amenaza
del peligro fascista, sobre la base del triunfo de Hitler en Alemania en
1933 y el golpe de Dollfus en marzo de 1934 en Austria, actuó de
acicate para reagrupar la resistencia obrera. La CEDA trató de promover
concentraciones fascistas de masas para hacer ostentación de su fuerza y
desmoralizar a las masas trabajadoras, pero cada vez que lo intentó (en
El Escorial, en Madrid y en Covadonga), fueron frustradas por
movilizaciones de masas con huelgas y bloqueos de carreteras y de vías
férreas. El avance del fascismo, a diferencia de lo que ocurrió en
Italia, Alemania y Austria, fue abortado en España en 1934 por la
movilización de masas.
La
radicalización del movimiento obrero afectó profundamente a las bases
del PSOE y a su organización juvenil, las Juventudes Socialistas, que
sacaron conclusiones muy críticas de la participación socialista en el
gobierno de coalición con los republicanos burgueses.
A
mediados de 1934 surgen las "Alianzas Obreras", hegemonizadas por el
PSOE, un frente único de las organizaciones obreras para combatir al
fascismo, con la excepción de la CNT que las tildó sectariamente de
"hacer política". El PCE, que proseguía su política sectaria las
boicoteó en un primer momento, pero se sumó a ellas posteriormente,
coincidiendo con el giro de 180º impuesto por Moscú de acercamiento a
los países capitalistas "democráticos", tras el triunfo nazi en
Alemania.
La
burguesía no esperó más y en octubre de 1934 la CEDA ingresó al
gobierno, con tres ministros. Los dirigentes socialistas habían
advertido que, en caso de producirse este hecho, declararían la huelga
general revolucionaria, a través de las Alianzas Obreras. Sin embargo,
la insurrección estuvo muy mal organizada; en realidad, los dirigentes
socialistas sólo pretendían asustar a la burguesía pero no se prepararon
para una lucha seria para la toma del poder. Los obreros concurrieron a
las sedes obreras buscando en vano las armas prometidas para sumarse a
la insurrección. En el campo, la incidencia del movimiento
revolucionario fue limitada porque meses antes, en agosto, la Federación
de Trabajadores de la Tierra de la UGT había organizado una huelga
indefinida que terminó derrotada y había dejado exhaustas las fuerzas de
combate de gran parte del proletariado agrícola. Con la excepción de
Asturias, donde se concentraba un proletariado minero poderoso, la
huelga general revolucionaria en el conjunto del país consistió en un
paro laboral de varios días. Los dirigentes anarquistas de la CNT
jugaron un papel pernicioso al no participar en el movimiento. Con la
excepción de Asturias, donde el PSOE era hegemónico entre el
proletariado asturiano, se negaron a secundar el movimiento con la
excusa de que era una "huelga política". Los propios ferroviarios de la
CNT condujeron los trenes que transportaron las tropas del ejército que
fueron utilizadas para combatir la revolución asturiana.
La
revolución asturiana de octubre del 34 fue una de las grandes gestas de
la revolución española. Armados con cartuchos de dinamita, y bajo la
consigna: "Unión, Hermanos Proletarios" (UHP), los mineros tomaron el
control de la región, incluida la capital, Oviedo. Resistieron dos
semanas y establecieron su propio gobierno obrero, la comuna asturiana.
Pero la revolución quedó aislada y terminó aplastada por el ejército,
que recurrió a las tropas moras del Marruecos colonial español. La
represión fue implacable. Más de 3.000 trabajadores muertos. 7.000
heridos y 40.000 encarcelados.
Sin
embargo, el proletariado español, con la excepción de Asturias, no
sufrió una derrota decisiva y sus fuerzas se mantuvieron casi intactas.
La burguesía, aparentemente vencedora en la contienda, sintió en su nuca
el soplo amenazante de la revolución, y vaciló. No se sintió con
fuerzas ni contaba con una base de masas en la población para aplastar
al conjunto del movimiento obrero. El intento de la burguesía española
de establecer una dictadura fascista, ya a fines de 1934, fracasó. Y
fracasó por la voluntad expresada por las masas de no ceder al avance
del fascismo sin combatir.
La
CNT, que pagó un importante desprestigio por su papel en la huelga de
octubre de 1934, puso fin a su período ultra izquierdista y comenzó a
mostrarse proclive a un frente único con la UGT.
Rápidamente
el gobierno entró en crisis, conforme los trabajadores recuperaban la
confianza en sus fuerzas. Un sector de los republicanos de derecha
abandonó el gobierno, en medio de grandes escándalos de corrupción,
sintiendo el cambio en la correlación de fuerzas. A fines de 1935 se
convocaron elecciones anticipadas para febrero de 1936.
Largo CaballeroEl giro a la izquierda del movimiento socialista
El
desarrollo más importante en este período fue el giro a la izquierda
del movimiento socialista. Tras la experiencia de octubre del 34 la
radicalización de las bases socialistas se hizo más pronunciada. Una
capa importante de cuadros giró hacia el centrismo;
esto es, hacia una posición que oscilaba entre el reformismo de
izquierda y el marxismo revolucionario. El protagonista más importante
de este giro fue el Secretario General de la UGT y presidente del
partido, Francisco Largo Caballero, quien durante décadas había
permanecido en el ala derecha del PSOE. Durante su encarcelamiento,
después de octubre de 1934, leyó El Estado y la Revolución de
Lenin y otros textos clásicos marxistas, y sacó la conclusión de que
era imposible la colaboración con la burguesía. Cuando fue liberado en
1935 recorrió el país dando discursos muy radicales que enfervorizaban a
las masas; en una relación dialéctica, los discursos de Largo Caballero
ayudaban a la radicalización política de las masas trabajadoras que, a
su vez, lo empujaban a él más y más a la izquierda, hasta el punto que
se declaró a favor de "la dictadura del proletariado".
Crónica de un mitin de Largo Caballero en El Socialista, el órgano del PSOELas
Juventudes Socialistas fueron quienes expresaron esta radicalización de
la forma más notoria. Se declararon fieles a los preceptos de Marx y
Lenin, y exigieron la "bolchevización" del partido y la expulsión de los
reformistas.
La
política sectaria del Partido Comunista y su insignificancia numérica
(apenas 3.000 militantes en 1935), creó condiciones peculiares de
desarrollo político en el ala izquierda del PSOE, que era la mayoritaria
en el partido, hasta tal punto que se acercaron a las posiciones de
León Trotsky y de sus partidarios, declarándose a favor de la creación
de una IV Internacional. El principal teórico del ala izquierda del
PSOE, Luis Araquistáin, lo expresaba de la siguiente manera:
"Yo
creo que la II y la III Internacional están virtualmente muertas; está
muerto el socialismo reformista, democrático y parlamentario que
encarnaba la II Internacional; está muerto también ese socialismo
revolucionario de la III Internacional que recibía de Moscú consignas y
orientaciones para el mundo entero. Estoy convencido de que debe nacer
una IV Internacional que funda a las dos primeras, tomando de una la
táctica revolucionaria, y de la otra el principio de la autonomía
nacional" (Luis Araquistain, prólogo a F. Largo Caballlero, Discursos a los trabajadores)
Por
su parte, las Juventudes Socialistas hicieron un llamamiento público y
abierto a todas las corrientes revolucionarias, incluida la Izquierda
Comunista, para que ingresaran a las Juventudes y al PSOE y les ayudaran
a bolchevizar el partido. El órgano de la Juventud Socialista de
Madrid, "Renovación", lanzó un llamamiento expreso a los militantes de
la Izquierda Comunista a quienes consideraba como "los mejores teóricos
y los mejores revolucionarios de España" (Citado en G. Munis, Jalones de derrota, promesa de victoria, página 178).
En
aquel momento, el Partido Comunista despreció el llamado de la Juventud
Socialista. Como se explicó anteriormente, después del golpe de Hitler
en Alemania, Stalin giró 180º fomentando los Frentes Populares, un
frente único con la burguesía "democrática", que fueron utilizados para
frenar la lucha revolucionaria de los trabajadores. Las Juventudes
Socialistas acusaban al PCE y a la Juventud Comunista de "reformistas".
Andreu Nin, dirigente de la Izquierda Comunista y, posteriormente, del POUMIzquierda
Comunista, aunque defendía un programa socialista revolucionario
consecuente, mostraba poca iniciativa. Sus dirigentes parecían
contentarse con ser espectadores del movimiento. Ante el giro a la
izquierda de las organizaciones socialistas, Trotsky instó a sus
correligionarios que respondieran favorablemente al llamamiento de "la
magnífica juventud socialista" para que ingresaran a las organizaciones
socialistas y ganaran a sus bases para una política bolchevique
consecuente y evitar, de paso, la penetración del estalinismo en sus
filas. Lamentablemente, adoptaron una actitud sectaria y soberbia,
acostumbrados a la rutina cómoda del trabajo independiente. Así,
declararon en su revista teórica Comunismo:
"De
ninguna manera, por un utilitarismo circunstancial, podemos fundirnos
en un conglomerado amorfo, llamado a romperse al primer contacto con la
realidad" (Comunismo, septiembre de 1934)
Los
dirigentes de la Juventud Socialista estaban familiarizados con las
posiciones de Trotsky a favor del ingreso en las organizaciones
socialistas, y lo tenían en muy alta estima por su pasado
revolucionario. Pero la actitud de desprecio de los supuestos
trotskistas españoles hacia los desarrollos que estaban operándose en el
movimiento socialista, y sus críticas sectarias a las posiciones
izquierdistas del ala largocaballerista del PSOE y de las juventudes
socialistas, tuvieron las consecuencias más trágicas. Esto no sólo
mereció una respuesta contundente de los jóvenes socialistas hacia los
dirigentes de la Izquierda Comunista, sino que los alejó, frustrados, de
sus simpatías hacia el trotskismo:
"Vuestra
respuesta a la invitación que os enviamos para la unidad de acción ha
producido en nosotros una desagradable sorpresa. No desconocéis cómo
nosotros en las fechas que precedieron a octubre defendimos vuestro
derecho de fracción del proletariado a estar en los organismos de unidad
de acción, contra el criterio de los representantes de la Unión de
Juventudes Comunistas, que os motejaban de traidores y
contrarrevolucionarios. Cuando se ha pretendido contra vosotros un
atropello, hemos salido al paso, sin tener en cuenta que vuestra
insignificancia numérica y vuestra reducidísima y esquilmada esfera de
influencia no podían compensarnos el esfuerzo. Lo hacíamos tan sólo por
espíritu de soidaridad y por el deseo de llegar a una auténtica
unidad....
"....
No nos extraña vuestra actitud, si tenemos en cuenta que a pesar de ser
la fracción trotsquista española, se observa en vosotros, desde hace
algún tiempo, un alejamiento de las tesis políticas de Trotski. Si
negáis incluso vuestra razón de existencia, si os apartáis cada día más
de vuestro propio jefe, ¿cómo ha de sorprendernos que os alejéis de
nosotros y del proletariado en general?" (Carta de Santiago Carrillo, secretario general de la FJS al Comité de Izquierda Juvenil Comunista, 6 de enero de 1935)
La
actitud criminal de Andrés Nin y de los demás dirigentes de la
Izquierda Comunista privó al proletariado socialista español de la
posibilidad de ser ganado para una política marxista revolucionaria
genuina. El ingreso a las juventudes socialistas era la puerta de
entrada para ganar al ala izquierda del PSOE para una posición
revolucionaria socialista consecuente. Aprovechando el rechazo inicial
de los estalinistas a ingresar a las JS, los trotskistas podrían haberse
colocado, en muy poco tiempo, a la cabeza de las organizaciones
socialistas. La fusión de las ideas y del programa socialista correcto
con el movimiento socialista de masas hubiera permitido transformar el
PSOE, o al menos su ala izquierda, junto con las JS, en un verdadero
partido marxista revolucionario de masas que habría tenido todas las
condiciones a su favor para dirigir exitosamente la revolución
socialista en España, con una resonancia en toda Europa, comenzando por
Alemania e Italia.
En
lugar de seguir los consejos de Trotsky, Nin y sus amigos prefirieron
unirse al BOC de Maurín, una organización centrista confusa con
presencia solamente en Cataluña, para formar el Partido Obrero de
Unificación Marxista, POUM, con 5.000 militantes. Poco después, la Liga
Comunista Internacional de Trotsky rompió relaciones con los antiguos
trotskistas españoles. Como Trotsky vaticinó, el rechazo de los
trotskistas a ingresar a las juventudes socialistas y al PSOE entregó en
bandeja al estalinismo a una parte de lo mejor del proletariado y de la
juventud española. Tras enmendar su rechazo inicial, los dirigentes
estalinistas españoles se orientaron hacia el ala izquierda del PSOE y
las JS. Invitaron a los jóvenes dirigentes socialistas a visitar Rusia
donde, tras mostrarles las "maravillas" de la "patria socialista" fueron
corrompidos políticamente y ganados para el estalinismo. Las Juventudes
Socialistas terminarían fusionándose con las Juventudes Comunistas,
meses más tarde, dándole al PC una base de masas que no tenía. Una base
que utilizó para descarrilar la revolución española.
El Frente Popular
Hoy
en día, mucha gente en la izquierda confunde el “frente popular“ con la
idea de Lenin de un frente único. Este es un error muy grave. En
realidad, el frente popular no tiene nada que ver con un frente único,
un frente obrero o un frente de izquierdas. Representa una política de
colaboración de clases, que subordina los partidos obreros a los
partidos de la burguesía liberal. Lenin propuso originalmente la idea de
un frente único como un frente unido para la acción entre los partidos
obreros (socialistas y comunistas) contra los partidos burgueses. Fueron
los mencheviques, no los bolcheviques, quienes abogaban por un frente
"democrático" entre los partidos obreros y los partidos de la supuesta
burguesía progresista y liberal - una política que Lenin denunció con
vehemencia. El frente popular en España, cuyos principales impulsores
fueron los estalinistas, no estaba basado en la concepción de Lenin,
sino en la de los mencheviques, y tuvo resultados desastrosos.
De
esta manera, siguiendo las órdenes de Moscú, el Partido Comunista
español arrojó la teoría ultraizquierdista del "social fascismo" sin
ninguna explicación. En su lugar, adoptaron la línea de coalición con la
burguesía "liberal". Con el fin de ocultar el carácter
contrarrevolucionario de esta teoría menchevique de colaboración de
clases, lo presentaron bajo el disfraz del "Frente Popular". Después de
haber abandonado la política internacionalista revolucionaria de Lenin,
que estaba basada en la defensa de la Unión Soviética, fundamentalmente
con el apoyo de la clase obrera mundial, y en la victoria del socialismo
internacional. El objetivo de esta política de la burocracia rusa era
conseguir el apoyo de los "buenos" y "democráticos" Estados capitalistas
(Gran Bretaña y Francia) contra Hitler.
El triunfo del Frente Popular
En
las elecciones de febrero de 1936, el Frente Popular (formado por
socialistas, comunistas, el POUM y los republicanos "progresistas") ganó
las elecciones con el apoyo extraparlamentario de la CNT-FAI que
abandonó su tradicional boicot electoral.
El
programa del Frente Popular era reformista y ni siquiera contemplaba la
expropiación de la tierra ni de la banca. Sólo abundaba en buenos
deseos, y las únicas medidas concretas que planteaba eran la liberación
de los presos políticos y la readmisión de los despedidos de sus puestos
de trabajo por motivos políticos.
Por
indicación de la izquierda del PSOE, los partidos obreros no ingresaron
al gobierno que quedó formado exclusivamente por los partidos
republicanos burgueses. La inconsistencia del centrismo
largocaballerista quedaba plenamente expuesta. Correctamente, se negaba a
integrar un gobierno de colaboración de clases con partidos burgueses;
pero le garantizaba apoyo parlamentario y no planteaba ninguna
perspectiva para la toma del poder y hacer la revolución socialista.
Valga
aclarar que los partidos republicanos que integraban el Frente Popular
tenían una base en la pequeña burguesía democrática. En realidad, el
verdadero partido que representaba a la burguesía española era la
derecha filofascista. En el mejor de los casos, los partidos
republicanos "progresistas" representaban a "la sombra de la burguesía",
pero tenían el cometido claro de sujetar a los dirigentes obreros para
frenar la revolución.
El
nuevo gobierno parecía una repetición del gobierno
republicano-socialista de 1931-1933. En relación a la cuestión agraria,
los informes oficiales reconocían que la política de asentamientos,
expropiaciones y distribución de tierras, que beneficiarían a varios de
miles de campesinos sin tierra al año, tardaría 100 años en llegar a
completarse. Pese a la gravedad del desempleo, el gobierno se negó
incluso a establecer un subsidio para los desocupados. No hubo ninguna
depuración dentro de ejército, solamente el traslado de algunos altos
oficiales reaccionarios a zonas alejadas, como el caso de Franco a las
Islas Canarias.
Pero
las masas trabajadoras ya habían pasado por esa experiencia y en lugar
de esperar a que el gobierno diera satisfacción a sus demandas, se
lanzaron desde el primer día a la acción directa. Como en las elecciones
de abril de 1931, el triunfo del Frente Popular dio un impulso
formidable al auge revolucionario de las masas.
Las
cárceles fueron asaltadas para forzar la liberación de los presos
políticos, sin esperar a ningún decreto gubernamental. Los campesinos
tomaban la tierra, los obreros imponían la readmisión de los despedidos y
se introdujo el control obrero en algunas empresas. Entre febrero y
julio de 1936 hubo 341 huelgas generales y sectoriales. Sólo en los
primeros días de julio había más de un millón de obreros en huelga.
El
gobierno republicano se mostraba impotente ante el curso de los
acontecimientos. Los republicanos, el ala derecha del PSOE de Prieto y
Besteiro, y los dirigentes del PCE presionaban y suplicaban a Largo
Caballero para que el PSOE ingresara al gobierno y utilizara su
autoridad para frenar a las masas. Pero Largo Caballero se mostró
inflexible. El proceso de diferenciación interna en el PSOE conducía al
partido hacia la escisión, proceso que fue interrumpido por el golpe
militar y la guerra civil.
Desgraciadamente,
en abril de 1936 se consumó la fusión de las Juventudes Socialistas con
las minúsculas Juventudes Comunistas, dando lugar a las Juventudes
Socialistas Unificadas (JSU), en la práctica el ala juvenil del Partido
Comunista, que también arrastró a un sector de la izquierda del PSOE a
la órbita del PCE.
El
ambiente social empujaba con fuerza al enfrentamiento frontal entre las
clases. La polarización social se expresaba a derecha e izquierda. Las
débiles organizaciones fascistas, como Falange y las JONS, se unifican y
crecen a expensas de la CEDA, que va perdiendo relevancia. Se suceden
los enfrentamientos armados en las calles y asesinatos políticos entre
los grupos fascistas y las organizaciones obreras.
Había
un ascenso claramente revolucionario y la burguesía decide no esperar
más, jugándose el todo por el todo para aplastar la revolución en curso.
Los
militares reaccionarios aceleran los preparativos para un golpe militar
con el apoyo financiero de la gran burguesía industrial y
terrateniente. Pese a que estas conspiraciones tomaban cuerpo a la luz
del día el gobierno del republicano Manuel Azaña no hizo nada para
desbaratarlas, al estar más asustado por la amenaza de una revolución
obrera.
Guerra y Revolución
En
la madrugada del 18 de julio el ejército, comandado por el general
Franco, se insurrecciona en las Islas Canarias y el norte de Marruecos.
Ante las primeras noticias, los obreros se movilizan en las principales
ciudades exigiendo armas al gobierno. Este se niega, temiendo a la
revolución, mientras intenta negociar en secreto con los oficiales
insurrectos. Sin esperar ninguna indicación del gobierno ni de sus
dirigentes, los obreros se declaran en huelga, toman las armerías, arman
barricadas y asaltan o rodean los cuarteles.
La
política criminal del gobierno republicano presta una ayuda preciosa a
los militares facciosos. El grueso de la Marina permanece fiel a la
República porque los marineros se amotinan, toman los barcos y
acorazados, y encierran o fusilan a los oficiales. Los marineros de la
base naval de Cartagena transmiten al gobierno su decisión de bloquear
el Estrecho de Gibraltar para impedir el traslado de tropas de Marruecos
a la Península Ibérica, pero la propuesta es rechazada por el gobierno
de Azaña, quien en un acto de suprema traición propone a los facciosos
la formación de un gobierno cívico-militar, propuesta que es rechazada
por el General Mola, cabeza inicial de la rebelión fascista, que exige
la rendición incondicional del Gobierno. Mola, se ufanaba diciendo por
la radio que 4 columnas avanzaban hacia Madrid, y que una quinta columna
operaba clandestinamente en la capital republicana. Este es el origen
de la expresión Quinta Columna, que se ha popularizado
internacionalmente y hace referencia al enemigo infiltrado dentro del
campo revolucionario.
Sólo entonces es cuando el gobierno accede a entregar las armas a las masas insurrectas.
En
Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, en la mayor parte del Asturias y
el País Vasco y, en prácticamente todas las zonas industriales las masas
obreras aplastan la rebelión fascista y el golpe fracasa. Con la
excepción de Sevilla, donde el PCE era la fuerza hegemónica, y de
Zaragoza - un bastión de la CNT - el golpe triunfa fundamentalmente en
zonas rurales y políticamente atrasadas: Castilla la Vieja (actualmente
Castilla-León), Galicia, Navarra y Álava, zonas de Extremadura y
Andalucía. Los alzados sólo controlan un tercio del territorio español.
Técnicamente, el golpe es un fracaso.
Abd-El-Krim,
el caudillo de las tribus bereberes que luchan contra el colonialismo
español en el norte de Marruecos propuso al gobierno republicano
sublevar las tropas moras que Franco lleva a España, a condición de
conceder la independencia del Marruecos español; pero el gobierno se
niega, atado a sus compromisos con el imperialismo francés, que posee la
mayor parte de Marruecos. Esto hubiera privado al ejército de Franco de
su base inicial de aprovisionamiento y reclutamiento. Más aún, el
gobierno estudió entregar el Marruecos español a Francia y Gran Bretaña a
cambio de un apoyo activo en la guerra contra Franco. (La república intenta conseguir apoyo, págs. 317-319, La Guerra civil española. Burnett Bolloten).
A
partir del 19 de julio, y durante semanas, el Estado burgués deja de
existir en la España republicana. Se forman comités revolucionarios que
toman el poder político en los pueblos y ciudades. Los comités
revolucionarios UGT-CNT toman el control de las fábricas, las oficinas y
la tierra. La mayor parte de la economía queda así colectivizada, tanto
en la ciudad como en el campo. Las iglesias que no son incendiadas son
incautadas para servir como almacenes, escuelas y hospitales. En
cuestión de días, los obreros y campesinos llevaron a cabo una completa
revolución social por la que habían aspirado durante generaciones. Toda
una serie de tareas democrático-nacionales pendientes son resueltas de
un plumazo con la acción revolucionaria de las masas: separación de la
Iglesia y el Estado, reforma agraria, el problema catalán, disolución
del ejército reaccionario, etc.
Surge
así una situación de doble poder. Por una parte, el poder formal del
Estado republicano con su gobierno formal al frente, que carece de base
social y de apoyo entre las masas; por otro lado, el poder naciente del
proletariado y el campesinado pobre expresado en los comités
revolucionarios surgidos en las fábricas, los barrios y los pueblos, y
en las milicias obreras que se crean a marchas forzadas para detener el
avance fascista sobe Madrid y otras zonas. Pero esta situación de doble
poder no podía durar. O los trabajadores y campesinos imponían el suyo o
el poder del Estado republicano recién reconstituido terminaría por
destruir la democracia obrera que emergió del combate contra el golpe
fascista.
Los
acontecimientos confirmaban la perspectiva de Trotsky y sus seguidores
planteada al proclamarse la República en 1931: la disyuntiva no era
optar entre democracia o fascismo, sino entre socialismo o fascismo. La
crisis orgánica del capitalismo español, y en la mayor parte de Europa,
hacía imposible la continuidad normal de regímenes democrático-burgueses
porque la burguesía necesitaba aplastar toda resistencia obrera para
salvar su sistema.
Las
organizaciones obreras (PSOE, PCE, UGT, CNT, POUM) improvisaron
milicias obreras, con gran escasez de cuadros y especialistas militares,
a las que se anotaron decenas de miles de voluntarios que trataban de
contener el avance fascista. Las milicias de la CNT y el POUM tomaron
toda Cataluña, y una columna de miles de milicianos de la CNT, comandada
por el dirigente anarquista Buenaventura Durruti, salió de Barcelona en
dirección a Madrid para ayudar a la resistencia de la capital del
Estado cuando las columnas del ejército fascista asoman a sus puertas. A
su paso por la región de Aragón, que había caído casi en su totalidad
en manos de los facciosos, la columna de Durruti actuó como un ejército
de liberación social, entregando la tierra a los campesinos que se
organizaban en colectividades, y transformaron toda la región en un
fortín inexpugnable para el ejército fascista. Una columna de 5.000
mineros asturianos salió desde el norte en dirección a Madrid para
ayudar también en la defensa de la Capital. Otra columna de 200 mineros
de la cuenca minera de Huelva, en el sur de España, marchó para tratar
de reconquistar la importante ciudad de Sevilla que había caído
inesperadamente en manos de los rebeldes por la impericia y pasividad de
los dirigentes locales del PCE y de la CNT, pero fue aniquilada en una
emboscada poco antes de alcanzar la capital andaluza.
En
el sur de España, los jornaleros (el proletariado agrícola) tomaron
decenas de pueblos y organizaron su defensa. Resistieron días y semanas
el avance fascista que se abrió paso con el bombardeo despiadado de la
población civil desde aviones de combate, la primera vez en la historia
que se recurrió al bombardeo aéreo sistemático de civiles en un
conflicto armado, meses antes de los casos más conocidos de Madrid y
Guernica.
Toda
la burguesía se pasó al bando fascista. Quienes no pudieron huir de la
zona republicana, se ocultaron. Sólo "la sombra de la burguesía",
personificada en los partidos republicanos prequeñoburgueses,
permanecieron en la "zona roja".
Cataluña y la CNT: El fracaso del ideario anarquista
En
Cataluña, el poder es ejercido por el Comité de Milicias
Anti-Fascistas, controlado por la CNT, hegemónica en el proletariado
catalán. Fue aquí, en la región más industrializada y desarrollada
económicamente de España, donde se produce uno de los hechos más
trágicos de la revolución española.
Tras
un día de duros combates y de aguerrida lucha de barricadas, el 20 de
julio Barcelona y toda Cataluña queda tomada por los obreros y cientos
de comités revolucionarios, bajo el dominio absoluto de la CNT
anarquista.
Rápido
de reflejos, Lluis Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña -
el gobierno autónomo burgués de la región - convocó a los jefes
anarquistas a a sede de su gobierno. Los detalles de esta reunión fueron
descritos en detalle por uno de los principales dirigentes de la CNT
catalana, Juan García Oliver, en su libro de memorias:
«La
ceremonia de presentación fue breve. Nos sentamos cada uno de nosotros
con el fusil entre las piernas. En sustancia, lo que nos dijo Companys
fue lo siguiente:
"Ante
todo, he de deciros que la CNT y la FAI no han sido nunca tratadas como
se merecían por su verdadera importancia. Siempre habéis sido
perseguidos duramente; y yo, con mucho dolor, pero forzado por las
realidades políticas que antes estuve con vosotros, después me he visto
obligado a enfrentarme y perseguiros. Hoy sois los dueños de la ciudad y
de Cataluña, porque sólo vosotros habéis vencido a los militares
fascistas, y espero que no os sabrá mal que en este momento os recuerde
que no os ha faltado la ayuda de los pocos o muchos hombres leales de mi
partido y de los guardias y mossos [policía autónoma catalana].
No
puedo, pues, sabiendo cómo y quienes sois, emplear un lenguaje que no
sea de gran sinceridad. Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si
no me necesitáis o no me queréis como Presidente de Cataluña, decídmelo
ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el
fascismo. Si, por el contrario, creéis en este puesto que sólo muerto
hubiese dejado ante el fascismo triunfante, puedo, con los hombres de mi
partido, mi nombre y mi prestigio, ser útil en esta lucha, que si bien
termina hoy y mi prestigio en la ciudad, no sabemos cuándo y cómo
terminará en el resto de España, podéis contar conmigo y con mi lealtad
de hombre y de político que está convencido de que hoy muere todo un
pasado de bochorno, y que desea sinceramente que Cataluña marche a la
cabeza de los países más adelantados en materia social". (Juan García
Oliver, El eco de los pasos)
Reforzamos
este documento inapreciable de García Oliver, con las impresiones - no
menos relevantes - de otro de los dirigentes de la CNT participantes en
dicho encuentro, Diego Abad de Santillán:
"Podíamos
ser únicos, imponer nuestra voluntad absoluta, declarar caduca la
Generalidad e instituir en su lugar el verdadero poder del pueblo; pero
nosotros no creíamos en la dictadura cuando se ejercía contra nosotros y
no la deseábamos cuando la podíamos ejercer nosotros en daño de los
demás. La Generalidad quedaría en su puesto con el presidente Companys a
la cabeza y las fuerzas populares se organizarían en milicias para
continuar la lucha por la liberación de España" (¿Por qué perdimos la guerra? Diego Abad de Santillán.1940).
Esta
confesión desnuda expone la completa inconsistencia y esterilidad del
anarquismo como teoría y práctica revolucionaria: "Porque estamos en
contra de todo gobierno, dejamos que siga actuando el gobierno burgués,
porque nosotros no queremos ejercer el gobierno". Trotsky comparaba el
anarquismo con un paraguas con agujeros: magnífico cuando hace sol, pero
completamente inútil cuando llueve, que es cuando se supone que debe
ser utilizado.
Como
decía Lenin, "Sin teoría revolucionaria, no puede haber práctica
revolucionaria". La conclusión práctica de los anarquistas se deriva de
sus preceptos doctrinales, que reflejan su incomprensión de qué es el
Estado y de su proceso de desarrollo histórico. Los anarquistas piensan
que basta tomar las fábricas y la tierra para que la tarea de la
revolución social esté completada y el Estado burgués deje de actuar
automáticamente. Piensan, erróneamente, que el Estado es un reflejo
directo de las condiciones económicas de la sociedad. En realidad, el
Estado en una sociedad de clases se desarrolla y existe junto a las
condiciones económicas de la sociedad, pero por fuera de ellas; se toca con esas condiciones económicas, pero no está fundido con ellas.
Las condiciones económicas de la sociedad pueden cambiar y sufrir una
transformación social radical, pero el viejo aparato del Estado puede
seguir existiendo a menos que se lo derribe y disuelva desde fuera de
las estructuras económicas de la sociedad; es decir, desde la
superestructura de la sociedad, desde la acción política revolucionaria.
Aunque
los burgueses individuales sean expropiados, continúa existiendo el
viejo edificio del Estado burgués con su ejército, su policía, sus
ministros y funcionarios, su aparato judicial, sus empleados rutinarios
de mentalidad servil y burocrática en el seno de los organismos
públicos, etc. Si este edificio burocrático no es demolido hasta sus
cimientos, utilizará cualquier resquicio para revertir a medio o largo
plazo la transformación revolucionaria de la estructura económica
provocada por la insurrección proletaria.
Sólo
una revolución socialista que expropie a los capitalistas y disuelva de
raíz el viejo aparato estatal puede fundir la estructura productiva
colectiva, resultante de dicha revolución, con la administración
democrática de la sociedad; el sistema de los Soviets en la Rusia
bolchevique lo consiguió durante algunos años, antes de degenerar
burocráticamente por el aislamiento de la revolución en un país atrasado
y devastado por años de guerras.
La política de “no intervención” y el papel de la Rusia estalinista
Retrato de Stalin en la Puerta de Alcalá de MadridLa
actitud de los gobiernos “democráticos” de Europa y EEUU ante la
revolución española fue una mezcla de duplicidad y cinismo. La política
de los gobiernos capitalistas de Gran Bretaña, Francia y EEUU no estaba
dictada por su presunto amor a la "democracia", sino por sus desnudos
intereses de clase y, sobre todo, por el miedo a la revolución en
España. Escondiéndose detrás de la monstruosa política de "no
intervención", hipócritamente hicieron la vista gorda a la ayuda
prestada por las Alemania e Italia fascistas a Franco, mientras se
oponían al envío de armas al gobierno republicano. En suma, las llamadas
democracias de Gran Bretaña, Francia y EEUU hicieron todo lo posible
para ayudar a Franco, mientras que se disfrazaban bajo la bandera
hipócrita de la no intervención.
La
posición de Rusia estaba determinada por los intereses de la burocracia
estalinista de Moscú, una costra parasitaria conservadora y
nacionalista que había perdido toda confianza en la revolución
socialista internacional, y quería vivir en buena vecindad con las
potencias imperialistas “democráticas”. La revolución española le
parecía un inconveniente molesto, y quería mostrar sus buenos oficios
ante las grandes potencias demostrándoles que podían ser útiles
desactivando la revolución. Pero había otra razón que movía a la
camarilla de Stalin. Su poder absoluto y despótico se había cimentado
sobre las derrotas del proletariado internacional de la década anterior,
lo que unido a la propaganda incesante del peligro del intervencionismo
exterior que amenazaba a la URSS, ayudaba a extender un ambiente de
pesimismo y fatalismo en los obreros rusos para que aceptaran esta
situación. Pero la revolución española despertó entusiasmo en la clase
obrera rusa, le insufló una perspectiva nueva; una revolución socialista
triunfante en España habría inflamado el sentimiento de opresión e
injusticia de los trabajadores rusos animándolos a levantarse contra el
despotismo estalinista soviético. El aplastamiento de la revolución
española era, por lo tanto, un asunto de vida o muerte para la
burocracia moscovita.
Bajo
Lenin y Trotsky, la política exterior del Estado soviético estuvo
siempre subordinada a los intereses de la revolución socialista mundial.
Pero Stalin y la casta burocrática que representaba estaban guiados por
consideraciones puramente nacionalistas. Ellos querían en ese momento
aplacar a los capitalistas de Gran Bretaña y Francia, para conseguir una
alianza contra Alemania. No querían estropear esto con una
conflagración revolucionaria que se habría extendido a Francia y
destruiría por completo el equilibrio político y social mundial. La
política contrarrevolucionaria de Stalin en España no persuadió a los
imperialistas británicos y franceses de convertirse en aliados de la
Unión Soviética, sino, por el contrario, colocó a la URSS en un peligro
muy grave.
El
estrangulamiento de la revolución española por los estalinistas tenía
la intención de demostrar la "respetabilidad" de Stalin a Londres y
París. Pero fracasó en producir el efecto deseado. Stalin envió
suministros limitados de armas a España, no lo suficientes como para
infligir una derrota militar decisiva sobre Franco, pero más que
suficientes para ayudar a los republicanos —en connivencia con los
estalinistas españoles– para reconstruir la maquinaria estatal
capitalista destrozada.
De
esta manera, los dirigentes del Partido Comunista español se
convirtieron en los más fervientes defensores de la "ley y el orden"
capitalistas. Bajo la consigna de "primero ganar la guerra, y luego
hacer la revolución", sabotearon sistemáticamente todo movimiento
independiente de los trabajadores y campesinos.
La reconstrucción del aparato del Estado burgués
Desde
sus puestos en la Generalitat, Companys, sus funcionarios, y sus
fuerzas policiales, pese a lo disminuidas que estaban inicialmente, se
propusieron desmontar pacientemente, una a una, las transformaciones
revolucionarias que los obreros catalanes habían conquistado con su
sangre. Como todos los organismos económicos de la economía
colectivizada incluían representantes de la Generalitat: el boicot y la
obstrucción burocrática, la asfixia económica, las leyes restrictivas y
hasta la fuerza policial propia fueron utilizados para bloquear, limitar
y hacer fracasar la experiencia de las colectivizaciones. Y cuando la
fuerza del aparato estatal revivido de la Generalitat no fue suficiente
para culminar esta obra, acudió en su ayuda el aparato estatal, mucho
más fuerte y rudo, del gobierno nacional republicano. Es llamativo que
los supuestos dirigentes "marxistas" del POUM repitieran los mismos
errores (y traiciones) que los dirigentes de la CNT sobre este punto y,
como ellos, integraron el gobierno de la Generalitat.
Pese
a todo, el carácter contradictorio del ideario anarquista hacía que la
fuerza de los hechos se impusiera en algunos casos sobre sus prejuicios
doctrinarios. Así, en la zona de Aragón liberada por las milicias de
Durruti - quien murió en extrañas circunstancias por una bala perdida en
el frente de Madrid - los anarquistas formaron un gobierno obrero, el
Consejo de Aragón, que dirigió las colectivizaciones campesinas y
estableció una coordinación entre ellas y las milicias.
El
lado fuerte de la experiencia de las colectivizaciones fue demostrar el
poder creativo y la capacidad gestora de la clase obrera; pero las
colectivizaciones de industrias en Barcelona también señalaban las
limitaciones doctrinales anarquistas, ya que muchos trabajadores
consideraban las empresas suyas y no del conjunto de la clase obrera, lo
que generaba frecuentemente tendencias individualistas y resistencias a
integrar un plan económico global.
En
Madrid, en relación al curso de la revolución, los socialistas de
izquierda se mostraban vacilantes. Los estalinistas insistían en detener
la revolución en marcha "para no indisponer a los países europeos
democráticos". La posición del PCE estaba determinada por los intereses
de la burocracia estalinista de Moscú, una costra parasitaria
conservadora y nacionalista que había perdido toda confianza en la
revolución socialista internacional, y quería vivir en buena vecindad
con las potencias imperialistas "democráticas" y "fascistas". La
revolución española le parecía un inconveniente molesto, y quería
mostrar sus buenos oficios ante las grandes potencias demostrándoles que
podían ser útiles desactivando la revolución. Pero había otra razón que
movía a la camarilla de Stalin. Su poder absoluto y despótico se había
cimentado sobre las derrotas del proletariado internacional de la década
anterior, lo que unido a la propaganda incesante del peligro del
intervencionismo exterior que amenazaba a la URSS, ayudaba a extender un
ambiente de pesimismo y fatalismo en los obreros rusos para que
aceptaran esta situación. Pero la revolución española despertó
entusiasmo en la clase obrera rusa, le insufló una perspectiva nueva;
una revolución socialista triunfante en España habría inflamado el
sentimiento de opresión e injusticia de los trabajadores rusos
animándolos a levantarse contra el despotismo estalinista soviético. El
aplastamiento de la revolución española era, por lo tanto, un asunto de
vida o muerte para la burocracia moscovita.
Desprestigiados
completamente, los partidos republicanos tuvieron que dejar paso a
comienzos de septiembre de 1936 a un gobierno encabezado por los
partidos obreros con Largo Caballero al frente, el dirigente obrero
español con más autoridad ante las masas trabajadoras, incluidas las
anarquistas.
El
proceso de colectivización de las fábricas y la tierra se extendió por
todo el territorio republicano. La tarea que se marcarán los gobiernos
republicanos en Madrid y Barcelona será a "estatización" de estas
empresas colectivizadas bajo el control del gobierno, siempre que sus
antiguos dueños no las reclamen para devolvérselas a condición de que
acaten la autoridad del gobierno republicano..
En
Barcelona, se forma a fines de septiembre el nuevo gobierno de la
Generalitat cuyo primer decreto es la disolución del Comité de Milicias
Antifascistas y de todos los comités revolucionarios locales. Todo el
poder vuelve al gobierno burgués catalán de la Generalitat, presidido
por Companys.
Lo
escandaloso es que este decreto llevó la firma de la CNT - que integró
el gobierno de Companys con 3 consejeros - y del POUM, cuyo máximo
dirigente, Andrés Nin, asumió la Consejería de Justicia.
El
POUM, que en cuestión de semanas vio crecer su militancia de 8.000 a
60.000 afiliados - la mayoría en Cataluña - se negó a tomar ninguna
iniciativa independiente sin la aquiescencia de los dirigentes de la
CNT. Es cierto que, continuamente animaba a los dirigentes de la CNT a
que tomaran el poder, pero ante la negativa de éstos, bajaba la cabeza.
La tarea del POUM debía haber sido, particularmente en Cataluña,
vincularse a las masas anarquistas para que aceleraran la experiencia
con sus dirigentes, que cada vez giraban más a la derecha, y así
ganarlas eventualmente para el marxismo revolucionario. Pero los
dirigentes del POUM sustituyeron una política revolucionaria hacia la
CNT por combinaciones diplomáticas para no estropear la relación con su
dirección. El POUM organizó sus propias milicias (División Lenin) en
lugar de fusionarlas con las milicias de la CNT. Los sindicatos
controlados por el POUM, agrupados en el FOUS (Frente Obrero Único
Sindical), en lugar de solicitar su ingreso a la CNT lo hicieron ¡en la
UGT! dirigida por los estalinistas en Cataluña.
Los
dirigentes del POUM no actuaron como verdaderos revolucionarios. Temían
permenecer en minoría y enfrentar públicamente a las direcciones
oficiales; en lugar de lanzarse a la conquista de las masas anarquistas
pretendieron seducir a los dirigentes de la CNT que una y otra vez los
despreciaban sin contemplaciones, como cuando fueron expulsados del
gobierno catalán en diciembre de 1936, a instancias de los estalinistas
del PSUC, y la dirección anarquista no movió un dedo para impedirlo.
El
sabotaje, la ineficacia del gobierno, y la falta de coordinación, fue
aprovechado por el ejército profesional franquista - completado con
tropas moras, alemanas e italianas - para avanzar hasta las puertas de
Madrid en noviembre de 1936, donde fue frenado por una resistencia
heroica de los trabajadores con la ayuda de luchadores antifascistas
internacionalistas, las Brigadas Internacionales.
A
comienzos de octubre, la CNT da un paso más en su integración a las
estructuras reconstruidas del estado burgués republicano con el ingreso
de 4 ministros en el gobierno central de Madrid: Juan García Oliver,
como Ministro de Justicia; Federica Montseny, como Ministra de Sanidad y
Asuntos Sociales; Juan López Sánchez, como Ministro de Comercio; y Joan
Peiró, como Ministro de Industria.
El avance de la contrarrevolución
El
PC crecía rápidamente, al personificar la revolución rusa y por el
hecho de que Rusia fue el único país que suministraba armas, aunque con
cuentagotas.
Desde
este momento, los estalinistas con el apoyo de republicanos y
socialistas de derecha toman el control de los restos del aparato del
Estado burgués republicano. Y lo utilizan para socavar la revolución y
sabotear las iniciativas revolucionarias de las masas.
Los
estalinistas utilizaron su posición en el aparato del Estado para
sabotear a las milicias de la CNT y del POUM, negándole armas o
trasladándolas a los frentes más difíciles, con la idea de propiciar
derrotas que justificaran la necesidad de disolver el sistema de
milicias e instaurar un ejército unificado con una dirección
centralizada ... en sus manos, claro. Es indudable que un ejército
centralizado era preferible al sistema de milicias que implicaba cierta
descoordinación, despilfarro de esfuerzos y rivalidades entre partidos;
pero debía ser un ejército rojo que impulsara la revolución a su paso, y
cuyos jefes militares gozaran de autoridad política y moral sobre los
soldados. Pero el objetivo estalinista de un ejército unificado era
otro. Querían eliminar la influencia política de la CNT y el POUM en la
guerra, y querían utilizar este ejército para socavar los avances
revolucionarios conseguidos hasta entonces. Es decir, tenía un objetivo
político contrarrevolucionario. Finalmente, a mediados del año 1937, la
dirección de la CNT cada vez más alejada de sus bases y más integrada al
Estado burgués accede y disuelve sus milicias. Las milicias del POUM
fueron disueltas violentamente unos meses antes, y el mismo POUM
ilegalizado, tras los "sucesos de mayo de 1937" en Barcelona.
Como
en la conducción de la guerra, las medidas contrarrevolucionarias del
gobierno republicano van imponiéndose una a una. Se disuelven los
organismos de poder obrero en los pueblos y las fábricas, o se los
fusiona al Estado. Se empiezan a devolver las propiedades a los antiguos
dueños que las reclaman, etc. Al transformar la guerra civil en una
mera guerra militar (donde los fascistas eran más fuertes), matando su
contenido social revolucionario, las masas entraban en la apatía, y la
derrota militar se hacía inevitable.
Barricadas en Barcelona. Mayo de 1937Las jornadas de mayo de 1937
Un
punto de inflexión tiene lugar en Cataluña, el fortín de los
anarquistas, donde los estalinistas son más débiles. A comienzos de mayo
de 1937, los obreros anarquistas se levantan en armas y se apoderan de
casi toda Cataluña, tras ver cómo sus conquistas revolucionarias son
cercenadas día a día. La chispa que enciende la explosión es la
ocupación del edificio de la Telefónica por la policía, que estaba en
manos de la CNT desde el inicio de la Guerra Civil. El POUM, al
principio, saluda el levantamiento y sus militantes se incorporan a
levantamiento. Grupos de la CNT a la izquierda de la dirección, como Los Amigos de Durruti,
con varios miles de militantes sólo en Cataluña, saludan la presencia
de los militantes del POUM en las barricadas. La dirección del POUM
propone nuevamente a la CNT que tome el poder. Pero los dirigentes
anarquistas se niegan y denuncian a Los Amigos de Durruti como
provocadores. Los dirigentes del POUM retroceden. Los combates duran 6
días, mientras que los dirigentes anarquistas empeñaron todo su
prestigio para obligar a los obreros a entregar las armas y retirar las
barricadas. Esta derrota provoca una profunda desmoralización en el
proletariado catalán de la que no se recuperará jamás.
Hubo
más de 500 muertos y 1.000 heridos en los combates, pero la represión
posterior de la policía republicana, en manos de los estalinistas, se
cobró un número igual entre militantes y obreros del ala izquierda de la
CNT y del POUM.
Los
estalinistas ilegalizan al POUM y detienen a sus dirigentes, como
Andrés Nin, que fue ejecutado en secreto. En pocas semanas son detenidos
1.000 militantes del POUM y muchos de sus colaboradores extranjeros que
luchaban en sus milicias. Las bases anarquistas caen en la apatía y la
desesperación mientras que sus dirigentes se pliegan y aceptan las
medidas de los estalinistas, que instauran una dictadura policíaca en
todo el territorio republicano. En agosto de 1937 el gobierno
republicano aprueba un decreto que prohíbe criticar al gobierno
soviético. Largo Caballero es expulsado del gobierno por oponerse a la
represión contra el POUM y es sustituido por el socialista de derecha,
Negrín, una marioneta de los estalinistas. La CNT sale también del
gobierno, para no quedar expuesta ante sus bases.
Los
acontecimientos de mayo de 1937 de Barcelona confirmaron la corrección
del consejo que Trotsky les lanzó a los dirigentes del POUM al comienzo
de la guerra civil, de que se orientaran a las bases de la CNT para
ganarlas cuando completaran su experiencia con sus dirigentes. Así, Los Amigos de Durrutisacaron conclusiones que los aproximaban al marxismo revolucionario, cuando escribieron:
"La
unidad antifascista no ha sido más que la sumisión a la burguesía
...Para vencer a Franco, hacía falta vencer a Companys y Caballero. Para
vencer al fascismo, hacía falta aplastar a la burguesía y a sus aliados
stalinistas y socialistas. Era necesario destruir completamente el
Estado capitalista e instaurar un poder obrero surgido de los comités de
base de los trabajadores. El apoliticismo anarquista ha fracasado"
(Citado en La revolución española 1931-1939, pág. 148. Pierre Broué).
Los
acontecimientos de Mayo de 1937 fueron la última oportunidad para
salvar la revolución española. Si una junta revolucionaria CNT-POUM
hubiera tomado el poder en Cataluña se les habría sumado inmediatamente
la zona adyacente del Aragón republicano, dominado también por la CNT.
Ambas zonas concentraban la industria de guerra y la producción de
cereales y de otros productos indispensables para la España republicana.
Un llamamiento enérgico a los obreros de Madrid y Valencia, habría
tenido un eco poderoso ya que la CNT mantenía en estas zonas una base
importante, y también en los socialistas de izquierda que miraban con
gran disgusto al ala derecha del PSOE y a los estalinistas coaligados
con ella. Era preferible correr el riesgo de una guerra civil en el
campo republicano, con grandes posibilidades de victoria, a la
instauración de la reacción dictatorial proburguesa en la España
republicana que llevara a la derrota frente al fascismo, como finalmente
sucedió.
El “gobierno de la victoria”
La
liquidación de la revolución condujo inevitablemente al desastre que
Trotsky había predicho. Los estalinistas apoyaron al llamado “gobierno
de la victoria” de Negrín. En realidad, Negrín presidió las derrotas más
terribles. Eso fue inevitable una vez que la contrarrevolución burguesa
había triunfado en la retaguardia republicana. En la revolución,
incluso más que en la guerra, la moral es el factor clave. En términos
puramente militares, la revolución no podía triunfar contra el ejército
profesional franquista con oficiales entrenados y militares expertos .
Con
el espíritu revolucionario de las masas quebrantado, y las libertades
democráticas prácticamente abolidas en la zona republicana, el ejército
de Franco avanzaba en todos los frentes, con la ayuda militar alemana e
italiana que no cesó. Muchos oficiales republicanos –los más mimados por
los estalinistas– se revelaban como quintacolumnistas y se pasaban al
enemigo, como ya había sucedido en Málaga, que cayó en febrero de 1937, y
que había supuesto un golpe moral terrible.
Una
vez consumada la derrota del proletariado catalán en mayo de 1937, el
gobierno republicano cargó contra las demás conquistas revolucionarias
que permanecían en pie, como el Consejo de Aragón que fue disuelto, y
contra las tendencias de izquierda que aún escapaban a su control, como
los socialistas de izquierda y sectores anarquistas. La CNT,
completamente degenerada, volvió a ingresar al gobierno en 1938. El PCE,
que comenzó siendo el partido más débil al inicio de la contienda
terminó doblegando las viejas organizaciones tradicionales de masas, el
PSOE y la CNT.
Entre
julio y octubre tuvo lugar la caída del frente del Norte y de Bilbao.
Esta ciudad fue entregada intacta a los fascistas por la burguesía vasca
y los dirigentes nacionalistas vascos, con toda su industria pesada.
Miles de milicianos comunistas y anarquistas hechos prisioneros fueron
fusilados. Sólo en Santander fueron fusilados 15.000 milicianos por el
ejército fascista, tras la caída de la ciudad (Revolución y Contrarrevolución en España, pág. 249. Felix Morrow).
El golpe de Casado
La
ofensiva tan anunciada en el Ebro en la primavera de 1938 terminó en
derrota, lo que dejaba a Cataluña a merced de Franco. La clase obrera
estaba desilusionada y desmoralizada. En febrero de 1939, Barcelona, la
capital proletaria, cae en manos del ejército fascista.
Lo
más llamativo es que después de haber hecho el trabajo sucio, los
estalinistas fueron despachados sin contemplaciones. La consigna de los
dirigentes del PCE era: "Primero ganar la guerra, y luego llevar a cabo
la revolución". Pero la destrucción de la revolución llevó
inevitablemente a la derrota en la guerra. El desastre final que fluía
de la falsa política del “frentepopulismo” se produjo entre el 26 de
marzo y 1 de abril de 1939, tras la caída de Barcelona. El derrocamiento
del gobierno del frente popular no fue llevado a cabo por Franco, sino
que se produjo desde dentro, cuando el coronel "republicano" Segismundo
Casado y el ala socialista de derechas de Julián Besteiro organizaron un
golpe de estado contra el gobierno y formaron una junta militar
encabezada por el general Miaja. Su objetivo era negociar un acuerdo de
paz con Franco y purgar a todos los comunistas del gobierno y de las
fuerzas armadas. Casado aplastó a las fuerzas comunistas. El periódico
del PCE, Mundo Obrero, fue cerrado y Casado ordenó detenciones masivas
de los comisarios y militantes comunistas. Esta fue la recompensa
recibida por el Partido Comunista por colaborar lealmente con la
burguesía "progresista".
Durante
un período de casi tres años, la revolución española fue estrangulada
poco a poco. En la primera etapa, los liberales se inclinaron a los
comunistas para aplastar a la izquierda (los anarquistas y el POUM).
Esto preparó el camino para el aplastamiento de los comunistas por sus
aliados liberales burgueses, que a su vez fueron aplastados por Franco.
Casado había entrado en negociaciones con Franco en la creencia de que
él y sus amigos se salvarían. El gobierno británico le dijo que Franco
garantizaría la vida de los republicanos. El agente quintacolumnista,
coronel José Cendaño, también le
prometió que Franco garantizaría la vida de los oficiales republicanos
que "no hubieran cometido ningún crimen". Pero desde el punto de los
fascistas, todos los republicanos habían cometido crímenes. Franco sólo
estaba interesado en una rendición incondicional.
Ahora
no había nada que impidiera a los ejércitos de Franco asumir el
control. Negrín huyó a Francia, seguido poco después por la mayoría de
los dirigentes del PC y del PSOE. Sobre el mediodía del 27 de marzo de
1939, las fuerzas de Franco ocuparon Madrid sin apenas resistencia. El 1
de abril de 1939, Franco declaró la victoria.
Tras
3 años de guerra civil y un millón de muertos, la represión fascista
que le siguió fue feroz. Entre 1939 y 1942 fueron fusilados 200.000
obreros y campesinos, y 300.000 permanecen desaparecidos, enterrados en
fosas comunes. Decenas de miles pasaron largos años en prisión, campos
de concentración y brigadas de trabajo esclavo. Cientos de miles toman
el camino del exilio. Con una clase diezmada y desangrada, el pueblo
español padeció una larga pesadilla que duró cuatro décadas. El mundo
entero pagó también un precio terrible. Esa derrota de los trabajadores
españoles eliminó el último obstáculo para una nueva guerra mundial que
terminó con la muerte de 55 millones de personas.
Conclusiones
La
revolución y la guerra civil españolas pusieron a prueba a todas las
tendencias y partidos del movimiento obrero: estalinistas, socialistas,
anarquistas y poumistas. El triunfo de la revolución exigía un partido
revolucionario con una política revolucionaria, pero este factor estuvo
ausente desde el comienzo, y fue lo que impidió la victoria de la clase
obrera española en los años 30.
En
un sentido general, puede decirse que los verdugos de la revolución
española fueron, por un lado, los fascistas y, por el otro, la política
criminal del estalinismo; pero esto es media verdad. En realidad, la
derrota se produjo por la incapacidad del ala izquierda de la revolución
(anarquistas y poumistas) de aprovechar las innumerables oportunidades
que tuvieron para ponerse a la cabeza de las masas y tomar el poder. En
última instancia, hay una responsabilidad fundamental en los dirigentes
de la Izquierda Comunista, y posteriormente del POUM, quienes - en una
mezcla de sectarismo, rutina, falta de confianza en sí mismos y
fatalismo - se negaron en el momento oportuno a orientarse de manera
enérgica y decidida hacia las organizaciones de masas que tenían en sus
manos la llave para el triunfo de la revolución: el PSOE y la CNT. La
revolución española prueba que, incluso a un grupo revolucionario
relativamente pequeño, se le ofrecen enormes oportunidades para
desarrollarse y jugar un papel revolucionario preponderante si tiene una
clara orientación a las organizaciones de masas, y dispone de los
cuadros, las ideas, las tácticas y consignas, el programa, la confianza
y la decisión suficientes para aprovechar las oportunidades que se le
presentan. Esa es la mayor lección para los revolucionarios socialistas
de nuestra época.
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