El primer gran triunfo cultural del macrismo es que estemos
discutiendo la herencia. El segundo gran triunfo es que se discuta en términos
unidimensionales: todo o nada afirma Alejandro Grimson en este ensayo escrito
para La Tecl@ Eñe. Grimson propone pensar la política en tres dimensiones, y en
ese sentido entender que no es momento para debatir los doce años kirchneristas
como un bloque y que es el momento para poner todo el énfasis en movimientos
culturales, sociales y políticos como construcciones desde donde defender todos
los derechos conquistados.
Por Alejandro Grimson*
(para La Tecl@ Eñe)
Un amigo me dice:
- Cuando el kirchnerismo gobernaba vos eras más crítico que
ahora.
- ¿Crítico de quién?
- Del kirchnerismo.
- Siempre planteé críticas, es cierto.
- ¿Y por qué ahora sos más kirchnerista?
- ¿Cómo?
- Sí, es cierto que criticaste cuestiones sobre corrupción y
planteaste las causas políticas de la derrota electoral, pero te veo más
kirchnerista.
Me costó entender. Mi primera reacción fue hacerle un
pequeño listado de las críticas políticas que hice no sólo antes de la derrota,
sino después. Insistió:
- Pero la gente te ve más kirchnerista. Sos muy
antimacrista. No vas por los grises y los caminos intermedios.
¿Hay un camino intermedio?
El camino intermedio, pienso, es una metáfora
unidimensional. Hay una línea. Dos puntos extremos y otros puntos intermedios.
El medio exacto y todas las gradaciones. Pensamos la política y las posiciones
a partir de esos dos puntos y la línea. Los dos puntos son dos identidades:
kirchnerismo y antikirchnerismo. Algo similar sucedió y se reactualizó con el
peronismo. El antiperonismo nunca logró una identidad por la positiva, sólo
pudo definirse de modo refractario al peronismo. ¿Cuál fue su proyecto?
Desperonizar. De mil maneras sucesivas. ¿Y el proyecto del peronismo?
Clemencia, no me pidan tanto, sólo mencionemos que allí también hubo
heterogeneidad y hasta 1974 una referencia principal. (No única, nadie olvide
los “peronismos sin Perón”).
Entonces, el debate entre esos dos puntos es qué significó
el kirchnerismo. El propio kirchnerismo propuso una narrativa, muy conocida.
Sin problemas, sin fisuras, sin limitaciones, sin errores. Ahora esa narrativa
está cambiando, al menos al interior de los dirigentes y agrupaciones
kirchneristas. Se debate cuáles fueron los errores o los problemas. Por ahora
las opiniones son muy diversas. Pero hay una definición que sí los une y quizás
los traspasa, es decir, incluye personas que no se consideran kirchneristas.
Ese punto es: “fue el gobierno que amplió más derechos en décadas”.
El contrapunto antikirchnerista se siente envalentonado.
Cada López es una “trompada en el estómago”. Y cada respuesta equivocada ante
los López, digo yo, otra más. Además, están Los Impresentables, que declaran
que Macri es peor que la Dictadura o afirman que van a ayudar a la caída del
gobierno. Alguno podrá ser incorruptible, pero sus posiciones son un anillo al
dedo para el gobierno actual. Muy lejos de representar a la mayoría del
kirchnerismo, le hacen un daño que no se puede minimizar. El periodismo de
guerra siempre está presto a deleitarse capturando y llevando a millones esas
palabras. A veces las tergiversan, otras veces les resulta suficiente con
reproducirlas. Otras voces no tienen lugar, porque en su guerra tratan de
identificar a todo el kirchnerismo con ciertos personajes. Todo eso alimenta su
narrativa que se sintetiza también en un único punto: “fue una banda de
ladrones”.
La pobreza intelectual de esa afirmación no le quita
eficacia. O quizás, esa sea su eficacia. No caben dudas que el antikirchnerismo
lleva un año de fuerte avance cultural y político.
Todo eso lleva a algunos sectores a rebatir dicha afirmación,
para lo cual deben rearmar el debate sobre los doce años. Quizás caen en la
trampa, quizás no pueden evitarla. Los doce años serán un tema de debate por
mucho tiempo en la Argentina. Si todavía debatimos sobre Rosas, Roca o Perón,
es bastante obvio que seguiremos debatiendo sobre los gobiernos kirchneristas.
Pero claro, la sociedad, esa masa de más de 40 millones generalmente tiene
otras preocupaciones más urgentes que el pasado.

La presencia omnipresente del pasado
Si hay un país marcado a fuego por la famosa frase de Marx,
es la Argentina: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como
una pesadilla el cerebro de los vivos”. ¿Es posible conjurar el pasado? ¿O sólo
podemos hablar tomando “prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su
ropaje”? ¿Sólo podremos hablar un lenguaje prestado? La encrucijada es clara:
¿estaremos más atentos a rendir los homenajes o a la eficacia de la estrategia
política?
El primer gran triunfo cultural del macrismo es que estemos
discutiendo la herencia. El segundo gran triunfo es que se discuta en términos
unidimensionales: todo o nada. Este ensayo propone pensar la política en tres
dimensiones y en ese sentido entender que no es momento para debatir los doce
años como un bloque. Más urgente es comprender qué nos llevó a una derrota
electoral y cuáles son los motivos profundos de la situación actual.
¿Qué es ese “nosotros”?
Tengo una incomodidad con el “nosotros”, siento que hay un
significado cambiante. Me siento muy a gusto cuando el nosotros es preciso:
nosotros, los que perdimos las elecciones en 2015; nosotros, los que estamos
contra el proyecto neoliberal. Pero después comienzan las incomodidades. Hay
muchas cosas, tantas cosas, que no hicimos “nosotros”. Ni las que me gustan mucho,
poquito o nada.
- Decí, ¿cuáles son las que no te gustan?
- Ya lo he escrito, me aburre repetirme. Podés leer La Tecla
Eñe o Mitomanías argentinas.
Un dirigente peronista de una Unidad Básica cercana a la
Avenida Rivadavia me relató lo siguiente. En el último ruidazo se juntaron dos
mil personas en una esquina. Cuando se cantaba contra el tarifazo cantaban
todos, cuando se gritó “vos sos la dictadura” o “vamos a volver”, mil
ochocientos se quedaron callados.
Hace poco fui al CCK a ver a un gran músico brasileño:
Arnaldo Antunes. Primera visita a la esplendorosa Ballena Azul. Desbordaba de
gente. Espontáneamente algunos fuimos con remeras rojas, el color de quienes
defienden la legitimidad del gobierno de Dilma. Algunos brasileños se habían organizado
y llevaron carteles contra Temer y a favor de Dilma. En un momento del recital,
guiado por el público brasileño, el público estalló: “Fora Temer”. Quizás
alguno de los dos mil presentes no lo cantó, para mí esa persona resultó
imperceptible, porque fue un estremecimiento, una fiesta política colectiva.
Cuando el recital terminó, se volvió a entonar el “Fora Temer”, y un grupo
pequeño intentó enganchar con “vamos a volver”, pero no funcionó.
¿El piquetetazo es kirchnerista? ¿El 24 de marzo? ¿El 29 de
abril? ¿Qué significa “kirchnerista”? “El significado de una palabra es su
uso”, nos explicó Wittgenstein. Así que obviamente “kirchnerismo” significa
cosas muy distintas, ya que es usada de modos opuestos.
¿Cómo funciona la estigmatización macrista? Un mecanismo
sencillo, de una violenta simplificación: Si no apoyás las medidas del
gobierno, si criticás su política económica, sos K. Y si sos kirchnerista, sos
corrupto. La eficacia es atroz: todos los disidentes y opositores somos
potencialmente sospechosos. Frente a esa política de identidad, ¿la mejor
respuesta es otra política de identidad? La paradoja es que cuanto más resuena
el estribillo, más aumenta la distancia de la identidad kirchnerista con las
mayorías de argentinos. Grupos y dirigentes que no comprendan esa operación
pueden terminar colaborando inmensamente con la estrategia oficialista.
Por eso, a pesar de mis críticas, mi amigo me dice
sinceramente que mis palabras resuenan “más K que antes”. Porque soy
anti-neoliberal desde que tengo conciencia cívica. Y eso te convierte en un
anti macrista de la primera hora. ¿Cuántos cambiaron nuestras propias palabras
y cuánto cambiaron sus significados con el nuevo gobierno?
Volvamos a la escritura de la historia. En América Latina
existe la idea de que todo andaba bien hasta que un hecho específico lo
arruinó. Así lo popularizó Vargas Llosa con su pregunta: “¿Cuándo se jodió el
Perú?”. Hay una biblioteca que explica cuándo se jodió la Argentina. Cuántas
veces hemos escuchado la frase que dictamina que el problema de la Argentina es
el peronismo. Hasta el cansancio.
Y personalmente creo lo contrario. El problema de la
Argentina, a mi juicio, es el antiperonismo. Los gobiernos antiperonistas
fueron hasta 1983 antidemocráticos y siempre contrarios a los intereses
populares. Convirtieron al peronismo en infinitamente mejor, por comparación
experiencial y por potencialidad mítica. Y construyeron el laberinto de la
concepción unidimensional de la política. Por eso, cuando me preguntan por mi identidad,
digo que siempre fui anti anti-peronista.
No es la primera vez que tenemos problemas con el nosotros.
Los argentinos hace mucho tenemos un problema con la Argentina. Hace muchos
años, la entonces Secretaría de Cultura de la Nación me pidió que expusiera mi
trabajo sobre la nación y los símbolos nacionales en un cuartel del Ejército en
la provincia de Salta. Algunos suboficiales contaron cómo ellos habían sentido
vergüenza al principio de cantar el himno nacional. Algo que les pasó a muchos
argentinos después de Malvinas, cuando los militares triunfaron culturalmente
al identificar la nación con la represión, lo bélico y lo autoritario. Sólo en
el Bicentenario de 2010 se consolidó un cambio que había comenzado, lento, unos
años antes. Pareció que con ese “nosotros” podíamos tener menos problemas,
reencontrarnos.
Ahora, debemos entender que la identidad tiene dos caras. En
un sentido, cada uno es aquello que se identifica. De tu país, tu religión, tu
club de fútbol. ¿Te sentís o no te sentís kirchnerista? También varían las
intensidades: muy, un poco, a veces. En otro sentido, cada uno es aquello que
la sociedad o sus autoridades considera que es. Es la identificación que se te
impone. Son las “circunstancias que no has elegido”. Mi suegro nunca le
permitió a mi esposa faltar durante las festividades judías a la escuela
primaria. Porque él era ateo. Hasta que llegó la dictadura. Y le dijo: “ahora
vas a faltar, porque para los militares es peor ser atea que ser judía”. Y
faltó. La forma en que se consideraba a sí mismo no cambió, pero buscó una
estrategia acerca de cómo su hija era identificada desde afuera.
Cuando la concepción unidimensional de la política se
impone, sólo caben dos identidades. Con alta intensidad. El resto es invisible.
Inaudible. Y pensar y construir la política entres dimensiones choca con las
estrategias de los más poderosos, que necesitan evitarlo. Y chocan con los
narcisismos de muchos otros, dispuestos a lanzar disparates para salir en
cámara. Dispuestos a preparar los festivales del antikirchnerismo.
Uno no elije cómo son escuchadas sus palabras. Pero uno no
debería ignorar a mi amigo. Porque uno debería escuchar cómo son escuchadas. Y
si puede tratar de hablar de otro modo para ser entendido. Al mismo tiempo, uno
elige si quiere escribir tratados o lanzar puramente eslogans. En cualquier
caso, en ciertas coyunturas históricas hay palabras que resultan difíciles de
entender. Las voces estruendosas necesitan tornar inviable ese lugar. Y pueden
lograrlo, al menos parcialmente. Porque es un lugar que ayuda a desarmar las
unidimensionales y encuentra otras salidas del laberinto. La estrategia eficaz
contra el macrismo es aquella más obturada por la guerra verbal que estamos
perdiendo. Nosotros. Por la estrategia unidimensional. De ellos y “nuestra”.
El desafío es explorar modos eficaces de politizar el debate
en esta situación histórica. Por ahora sólo vislumbro una posibilidad, aunque
sé que será muy cuesta arriba. Necesitamos articular identidades diversas,
plurales, de quienes estamos en contra del modelo de país que se impone. No es
por el camino de la política de una sola identidad. No es la pregunta (y menos
la respuesta) sobre quiénes serán los protagonistas o cómo se resuelve el
problema de la conducción.
Es colocar todo el énfasis en movimientos culturales,
sociales y políticos para defender todos los derechos. Con toda la generosidad
y todo el esfuerzo que el momento exige. En tres dimensiones.
Buenos Aires, 1 de agosto de 2016
Fuente: La Tecl@ Eñe
