Por Juan José Salinas.- Como aquí, pero es de esperar que
con un menor grado de tolerancia (aquí, los mayores alcahuetes de la Embajada
como Massa, Macri, Carrió y Nisman no han recibido sanciones apreciables, ni
siquiera morales), los despachos filtrados por Wikileaks han puesto sobre la
mesa a cipayos y lacayos del imperio declinante). Con el agravante de que allí
huno un claro intento de golpe de Estado en el cual la Embajada receptora de
esas vilezas estuvo involucrada. Pájaro Rojo inicia la publicación de una serie
de notas de Juan Ramón Quintana, quien acompaña a los gobiernos de Evo Morales
desde un comienzo como ministro de la Presidencia.
“BoliviaLeaks” y la conciencia culpable (I Parte)
POR JUAN RAMÓN QUINTANA / REBELIÓN/ TELESUR
La publicación del libro “BoliviaLeaks: la injerencia
política de los EEUU contra el proceso de cambio (2006-2010)” ha generado
reacciones de diversa naturaleza en distintas esferas de la sociedad, desde la
comprensible incredulidad y enfado de sectores que encarnan la “cultura de la
dependencia imperial” hasta expresiones de indignación, especialmente en los
jóvenes a quienes se les niega el conocimiento de la verdadera historia del
país.BoliviaLeaks narra en cuatro capítulos el grado de intervención golpista
del gobierno de los EEUU contra el proceso de cambio así como el funcionamiento
de su maquinaria conspirativa llamada Embajada. Se analiza la economía política
del golpe así como la anatomía del golpismo, frente a la irrupción de los
movimientos sociales como expresión atípica de poder popular que puso en jaque
la rutina del dominio colonial al que se había acostumbrado largamente el
gobierno norteamericano. El riesgo de perder control político sobre el nuevo
gobierno y el temor de su alineamiento en favor del horizonte bolivariano,
además de tensionar el tablero geopolítico de la región, obligó a Washington a
decidirse por el golpe de Estado en Bolivia. Esta innoble tarea fue encargada
al embajador Philip Goldberg, quien llegó a La Paz en octubre del 2006 y cuyas
dilatadas credenciales secesionistas encajaron con la necesidad del ajuste
político proimperial.
La estrategia golpista dirigida personalmente por Goldberg
tuvo como telón de fondo la articulación inmediata de actores políticos
nacionales, regionales, cívicos, empresariales, juveniles y mediáticos que
operaron bajo una amplia gama de acciones planificadas y dirigidas a
deslegitimar la autoridad gubernamental para despojarlo del poder por vía
golpista. BoliviaLeaks revela -con documentación de fuente inobjetable- el
papel que jugó la embajada norteamericana en asuntos internos, pero también
muestra las relaciones y el grado de sometimiento indecoroso de sus aliados
criollos. Estos últimos, apoyados en algunos medios privados de comunicación –
vinculados con el “Cartel de la Mentira” –, actualmente intentan soslayar su
responsabilidad histórica.
Las investigaciones que contiene el libro muestran el
trabajo conspirativo y desestabilizador de la embajada para cuyo objetivo
recurrió a la obtención de información de diversas fuentes que eran
contrastadas con sus propias agencias (DEA, CIA, USAID, NED, IRI). Las más
valiosas, como es comprensible, procedían de funcionarios de gobierno,
políticos de oposición, oficiales de FFAA/Policía, periodistas, empleados de
ONGs y otros. Estaba claro que con una información completa de la situación
política del país, al golpe sólo le faltaría fecha y escenario propicio.
El interminable desfile de delatores criollos ha puesto
nervioso a más de uno en el país y varios de ellos tratan, por diversos medios,
de devaluar el contenido del libro como un acto de expiación o como una
manifestación de sentimiento de culpa. La buena noticia es que muchos de ellos
se están leyendo a sí mismos y alguno que otro ha tratado de encontrar en el
libro la coartada perfecta para echar sombra, generar conflicto interno en el
gobierno o cuanto menos cuestionar el trabajo riguroso de sus autores. Incluso
hay alguno que no repara en usar lenguaje imperial.
Admitiendo que la delación a una potencia extranjera
constituye un delito y un acto de vileza, Wikileaks nos muestra a informantes
con distintos tipos de interés. Unos se esfuerzan por gozar de la confianza de
la embajada tratando de ser creíbles, otros asumen la delación como algo casi
natural por su alineamiento ideológico y aquellos que se aprovechan de los
contactos con la embajada para obtener beneficios personales. Consecuentemente
se podría decir que la carga de información contiene, en términos relativos,
tanta toxina como intereses que la preceden.
Resulta interesante analizar la correlación existente entre
informante e información que se ofrece para dar cuenta del perfil del delator,
interés que persigue, grado de empatía ideológica, codicia o sentido
pragmático. Muchos de los informantes hacían coincidir sus intereses con los de
la embajada. Es el caso de la denuncia de intercambio de droga que realiza un
miembro de la Policía –el teniente coronel Cuevas– contra el viceministro Felipe Cáceres. Se informó pensando en lo
que deseaba escuchar el personal de la embajada de los EEUU. De haber sido
cierto el relato del policía la embajada tenía la opción de denunciar ante
autoridad competente el presunto delito además de otras acciones a las que está
acostumbrada la DEA.
En este contexto, es mucho más relevante conocer a quienes
proveían información y el lugar que ocupan en el tablero político o
institucional que la propia información que ofrecían a sus patrones. Por ello,
a los autores de BoliviaLeaks no se les ha pasado por la cabeza que los cables
son verdades irrefutables o axiomas incontrastables sabiendo que la impostura
es el signo constante del poder imperial. No todo lo que brilla es oro, dirían
los investigadores.
En todo momento se tuvo y se tiene plena conciencia del
valor relativo que contienen los cables de Wikileaks lo que no invalida los
rasgos de la política exterior norteamericana que es agresiva, antidemocrática
e intolerante. Al respecto, los críticos del libro pretenden echar sombra sobre
el núcleo central de la narración – que es el develamiento del golpe apoyado
por aliados criollos– convirtiendo la anécdota en historia y de esta manera
adelgazar, empequeñecer o ridiculizar los secretos del imperio, tarea prosaica
como la que ejecutaron los delatores o soplones.
El valor y riqueza de los cables debidamente analizados
proviene, entre otras cosas, de su grado de veracidad, contenido, objetivos,
contexto en el que se vende información, la forma cómo fueron redactados,
quiénes fueron los informantes, qué informaban o qué se propusieron informar.
No existe linealidad informativa, informante fidedigno ni escribano fiel y por
lo mismo hay tanta información real como la hay ambigua, falaz o manipulada. La
clave es saber contrastarla y no sólo usarla como insumo autoprofético para
construir un relato interesado.
Para sostener esto último propongo analizar tres casos
interesantes de las decenas de casos que ofrece WikiLeaks:
1) Primer caso: “Masacre de Porvenir” que tenía dos
informantes claves: Ana Lucía Reis y Roger Pinto.
2) Segundo caso: Supuesta intervención militar venezolana y
cubana en Bolivia que tenía como informante clave al general Gonzalo Suárez
Selum, y
3) Tercer caso: aparente conflicto entre el Canciller David
Choquehuanca y el Ministro de la Presidencia Juan R. Quintana, delatado por uno
de los más altos funcionarios de la cancillería, Jorge Caballero.
Fuente original:
http://www.telesurtv.net/opinion/BoliviaLeaks-y-la-conciencia-culpable-I-Parte-20160818-0046.html